Iker echó un vistazo rápido al reloj plateado en su muñeca y soltó:
—Todavía falta que terminen los trámites. Cuando termines de desayunar, vas por ella y listo.
—¿Hoy mismo puedo llevarla a casa?
La sorpresa y alegría se le notaron de inmediato a Eleonor. Toda la angustia de la noche anterior se esfumó en un segundo, y miró a Iker con los ojos brillando de esperanza.
Sabía que Iker era capaz de solucionar el asunto, pero jamás pensó que podría sacar a Florencia tan rápido.
Iker se sentó y le acercó un plato de atole, dándole suavemente unos golpecitos a la mesa.
—Primero desayuna —dijo, sin mostrar ni prisa ni duda.
—Está bien.
Al escucharlo, Eleonor se sentó obediente a su lado, tomó la cuchara y empezó a tomar el atole.
La tortilla de huevo también le supo deliciosa.
Ocho años viviendo cada uno por su lado, y ambos habían cambiado mucho.
Iker, increíblemente, ahora cocinaba.
Apenas terminó de desayunar, Eleonor se fue directo a la estación de policía a buscar a Florencia y llevarla a casa.
Iker ya había dejado todo arreglado. Al llegar, el abogado principal del Grupo Rodríguez acababa de finalizar todos los papeles.
Los policías no tardaron en dejar salir a Florencia.
Cuando la trajeron, Florencia lucía como pocas veces antes: desarreglada y sin ese porte elegante de siempre.
Desde que empezó a trabajar, siempre se preocupaba por verse impecable, toda una abogada de revista.
Pero en ese momento, el maquillaje corrido, la ropa arrugada y su melena castaña revuelta la hacían ver agotada.
A Eleonor se le humedecieron los ojos de inmediato y corrió a abrazarla, repitiendo entre sollozos:
—Flori, perdóname, perdóname...
—Ay, ya ni digas. Mira cómo estoy, pero estoy bien.
Florencia la apartó con calma y le tomó la mano.
—Vamos a casa, por favor, me urge darme un baño.
Cuanto menos importancia le daba Florencia al asunto, más culpable se sentía Eleonor.
Camino a casa, Florencia notó enseguida que algo no iba bien.
—Si de verdad te sientes tan mal por mí, ¿qué te parece si me transfieres uno o dos millones de pesos?
—Va.
Justo al llegar al semáforo, Eleonor sacó el celular, lista para hacer la transferencia.
De repente, Eleonor salió de un baño y, sin querer, hizo tropezar a una de ellas.
La otra terminó empapada de pies a cabeza, y las demás, furiosas, no se tentaron el corazón: les dieron una buena golpiza a ambas.
No era la primera vez que Florencia recibía golpes.
Tampoco era la primera vez para Eleonor.
Pero sí fue la primera vez que alguien se quedó a su lado, compartiendo el castigo.
Eleonor recordó la escena y cruzó miradas con Florencia. Ambas sonrieron.
—Bueno, entonces estamos tablas.
—Vi que el abogado de hace rato era del Grupo Rodríguez —comentó Florencia, que conocía bien a los peces gordos del mundo legal—. ¿Le pediste ayuda a Iker?
La pregunta la tomó por sorpresa. Eleonor apretó el volante, incómoda, y asintió sin mirarla.
—Sí.
—¿Y por qué te pones tan nerviosa?
Florencia notó el cambio en su ánimo y la miró de reojo.
—No habrás hecho nada raro para ayudarme, ¿verdad?
—¡Claro que no!

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