Simona se disculpó con los organizadores con una leve reverencia y salió del salón para tomar la llamada. Su voz era fría y cortante:
—¿No has logrado ya tu objetivo?
Ir a arrodillarse frente a la puerta de los Estrada no era más que un numerito de teatro diseñado para manipular la lástima de Owen.
Y él, para variar, se había tragado el cuento enterito.
—Simona... —comenzó Petra, usando un tono falsamente humilde—. Yo no tenía ninguna mala intención. Es solo que no puedo irme del Grupo Fonseca, no puedo perder este trabajo. Sé que eres una persona razonable... Si le dices una sola palabra al abuelo de Owen, estoy segura de que me dejarán quedarme...
Su tono de víctima sufrida casi lograba disfrazar lo absolutamente ridícula que era su petición. Pero ese era su estilo de siempre, y Owen caía redondito cada vez.
Sin embargo, Simona no era Owen. Ella fue directo al grano:
—¿Es que no puedes dejar el Grupo Fonseca, o es que no puedes soltar a Owen? Petra, si tuvieras una pizca de cerebro, no estarías molestándome una y otra vez.
—Ya sea que intentes embarazarte para asegurar tu lugar o que vayas a la casa de los Fonseca a armarles un berrinche y hacerte la víctima, cualquier opción sería mucho más astuta que la estupidez que estás haciendo ahora.
Simona sabía muy bien que Petra no era la verdadera razón por la que su matrimonio había fracasado. Siempre y cuando aquellos dos dejaran de fastidiarla, no tenía la menor intención de ensuciarse las manos destruyendo a la amante.
—Owen y yo estamos a punto de divorciarnos. Así que te exijo que dejes de buscarme.
Sin decir más, Simona hizo el ademán de cortar.


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