Hugo captó de inmediato el mensaje oculto entre líneas.
Leopoldo quería la cabeza de Owen en bandeja de plata. En otras palabras, era hora de cambiar al heredero de los Fonseca.
De no presentar esa ofrenda, cualquier otra excusa o compensación que la familia pudiera ofrecerle al abuelo Estrada caería en saco roto.
Durante años, los Fonseca habían gozado de prosperidad ininterrumpida en Aguamar, gran parte de la cual se sostenía gracias a sus estrechos lazos con los Estrada. Romper relaciones con ellos era un suicidio financiero.
Y en cuanto al heredero... bueno, a grandes males, grandes remedios. Siempre se podía nombrar a otro.
Hugo dirigió una mirada de soslayo hacia su hijo menor, que permanecía estoico al lado de Simona, y dejó escapar un suspiro inaudible.
Si las edades fueran más compatibles, no le hubiera desagradado sustituir al novio para mantener el matrimonio. Sin embargo, había una brecha de ocho años entre ellos, y además, el mocoso de Cristhian no era un títere que se dejara manejar fácilmente.
Y para rematar, la poderosa familia Montiel jamás permitiría que el único heredero de su sangre se casara con una mujer divorciada, por más que se tratara de la intocable señorita Estrada.
Su mente daba mil vueltas por segundo, pero, exteriormente, Hugo aceptó de inmediato con tono servicial.
—Por supuesto que sí. Aunque no lo hubiera mencionado, mi padre es de la misma opinión.
En este tipo de negocios, era mejor dar un sí rotundo que andarse con medias tintas. Si demostraba la más mínima resistencia, las relaciones futuras de ambas familias sufrirían daños irreparables.
Es verdad que Owen había traído buenos resultados al corporativo en los últimos años, pero sus méritos estaban muy lejos de valer el sacrificio de la santa alianza con la familia Estrada.
El semblante de Leopoldo se relajó ligeramente y clavó sus ojos en Cristhian.
—Me imaginé que no habías venido con tu padre porque habías salido corriendo a buscar a Simona, muchacho.
—Señor Leopoldo, ¿por qué es que absolutamente nada se le escapa? —bromeó Cristhian. No demostró ningún tipo de vergüenza y lo aceptó de inmediato. Acto seguido, saludó con impecable cortesía a la abuela Violeta y a Yolanda Vázquez.
Ya era sabido por todos que el chico solo seguía las órdenes de Simona. Sumando eso a la evidente diferencia de edades, nadie en la habitación pensó mal de su cercanía.
El único que le lanzó una mirada fulminante fue Hugo Fonseca.
*Maldito mocoso*, pensó. *En mi casa te la pasas con cara de piedra sin soltar una sola palabra y llegas a la casa de los Estrada solo para desbordar dulzura.*
Leopoldo cambió repentinamente el rumbo de la conversación.

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