Ella ya estaba angustiada, y decirle en ese momento que la muerte de sus padres posiblemente estuviera conectada a la familia Estrada solo le destrozaría el ánimo aún más.
En vez de torturarla, era mejor esperar a que el polvo se asentara.
Además, por el lado de los Estrada, con Benicio metiendo presión, era seguro que Simona no se andaría con rodeos en un asunto tan delicado.
Lo más probable era que tuvieran resultados a más tardar esa misma noche.
Eleonor, al desconocer los complejos giros detrás de la situación y notar la calma habitual en él, no dudó de sus palabras.
—De acuerdo.
Bajó la mirada hacia los montones de documentos aún por revisar que estaban sobre el escritorio y, usando su brazo como apoyo, se levantó de su regazo.
—Sigue trabajando entonces. Iré a jugar un rato con Max y a tomar un poco de sol.
Hace unos días había notado que Max se había vuelto extraordinariamente cuidadoso al acercarse a ella. Claramente, el perro había sentido que ella estaba embarazada mucho antes.
Cuando Laura había intentado acariciar la barriga de Eleonor, Max metió la cabeza, empujó la mano de la mujer y gruñó a modo de advertencia.
Se ganó unas cuantas regañinas de Laura por ser un ingrato.
Después de todo, Laura era quien siempre le daba de comer.
Pero para el perro, nadie importaba más que Iker y Eleonor.
Contra sus expectativas, Iker se levantó de su silla junto con ella.
—Yo también necesito un respiro. Te acompaño.
Eleonor, conociendo perfectamente que él siempre priorizaba su trabajo por encima de todo, soltó un suspiro de resignación.
—Te prometo que estoy bien.
Si bien estaba algo inquieta, no estaba al punto de que le arruinara el día por completo.
Ella sabía diferenciar las prioridades.
Además, ya se había preparado mentalmente para lo peor. Si al final la investigación confirmaba que los Estrada tenían la culpa, podría aceptarlo.
A lo sumo, le causaría una profunda decepción.
Pero incluso ahora, seguía sintiendo que la familia Estrada jamás haría algo así.
Era ilógico que, por un lado, se enorgullecieran de proteger a su nación, y por el otro, no les importara pisotear vidas humanas.
Simplemente no encajaba.
Iker arqueó una ceja.
—Aunque estés bien, ¿no puedo acompañarte de todos modos?
—...
Eleonor le lanzó una mirada de reproche.
—Es que no quiero retrasarte con tus obligaciones importantes.
—El trabajo es importante.
Iker asintió, dándole la razón.
—¿Acaso la familia no lo es?
Al escucharlo, Eleonor se quedó pasmada un segundo.
Él había dicho familia.
Todos los formalismos no tenían importancia cuando la conexión y el cariño ya lo decían todo.
Incluso si le preguntara de golpe en ese momento, ella asentiría feliz y con una gran sonrisa le diría: Acepto.
Pero Iker, de forma deliberada, pareció sumirse en una reflexión y asintió.
—Está bien, lo pensaré entonces.
—...
Fue como guiñarle el ojo a un ciego.
Eleonor lo fulminó con la mirada y se marchó escalera abajo, dándole la espalda.
Últimamente, entre los mareos del embarazo de Eleonor y los compromisos de Iker, siempre andaban desencontrados.
Era la primera vez en bastante tiempo que bajaban juntos a pasear al perro.
Max saltaba y corría como si ya fuera Nochebuena.
Más tarde, el teléfono de Iker de repente rompió la calma con un sonido insistente.
Antes de contestar, echó una mirada instintiva hacia Eleonor.
Eleonor sintió enseguida que se trataba de algo suyo.
—¿Es César?
Iker no intentó encubrir nada y directamente le mostró la pantalla encendida.
—Simona.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Marido Prestado