Si llamaba a esta hora, significaba que ya había llegado a una conclusión. Iker no tenía la intención de seguir ocultándole las cosas a Eleonor.
Fueran buenas o malas noticias, ella merecía saber la verdad.
Al ver el nombre de Simona en la pantalla, el cuerpo de Eleonor se puso tenso involuntariamente.
Aunque Iker no le hubiera dado detalles explícitos, ella sabía el motivo de esa llamada.
Max, a su lado, sintió el nerviosismo que emanaba de ella y acercó su cabeza para frotarla suavemente contra su muslo, dándole un consuelo silencioso.
Eleonor desvió su vista de la pantalla del teléfono, miró a Iker y, sin titubear, asintió.
—Contesta.
Iker, seguro de que ella ya estaba preparada, le agarró la mano con firmeza mientras se sentaban, presionando el altavoz.
—Hola, Simona.
—¿Eleonor está contigo?
Desde el otro lado de la línea, la voz de Simona seguía igual de serena y controlada que siempre, aunque se dejaba percibir el eco de una profunda fatiga.
Eleonor se convenció aún más de que su corazonada era la correcta. Sin dejar que Iker le respondiera, dijo directamente:
—Simona, estoy aquí con él. Te escucho.
Al otro lado de la línea, Simona guardó un breve silencio.
Ella y Yolanda habían llegado a un acuerdo para ser completamente transparentes y contarle cada detalle a Eleonor, sin ocultar absolutamente nada.
Sin embargo, cuando llegó el momento de hablar, la decisión pesó más de lo que imaginaba.
—Es así —empezó a decir Simona en un tono grave—. Sobre el caso del accidente de tus padres adoptivos, esta tarde logré localizar y hablar con el oficial de policía a cargo de esa investigación. Aparte, también recibí las copias oficiales del expediente. Me encargué de repasar todo minuciosamente.
Hubo una pausa en sus palabras, pero su voz permaneció firme.
—Estoy completamente segura. La familia Estrada no estuvo involucrada en su accidente.
Tan pronto pronunció aquellas palabras, Iker sintió cómo la mujer a su lado liberaba toda la rigidez de su cuerpo.
Eleonor había aguantado la respiración todo el tiempo que Simona hablaba. Al escuchar el veredicto final, la piedra que le ahogaba el corazón se hizo pedazos. Por fin pudo inhalar una bocanada de aire profundo.
Gracias a Dios...



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