No era la primera vez que Iker pensaba en ello, pero le preocupaba que fuera demasiado precipitado. Apenas acababan de empezar su relación. Pasar de unos pocos días de noviazgo a hablar de matrimonio podría agobiar a Eleonor.
—Veré cómo se lo planteo —dijo, sopesando sus palabras.
Si ella quería casarse, perfecto. Si no, podían disfrutar de su noviazgo un par de años más.
—Pues piénsalo bien —le advirtió Susana, sabiendo que las prisas no eran buenas consejeras—. Esa chica vale oro, y hay muchos lobos al acecho.
Iker sonrió y asintió.
Subió la escalera, llegó a la habitación de Eleonor y llamó a la puerta. No hubo respuesta.
«¿Se habrá dormido?».
Miró hacia abajo y vio una rendija de luz bajo la puerta.
«Sí que se enojó».
Una sonrisa de resignación se dibujó en su rostro.
—Si no abres, voy a entrar —dijo a través de la puerta.
Silencio.
Iker giró el pomo y descubrió que estaba cerrado con llave. Se frotó las sienes, sintiendo un dolor de cabeza. Sin decir más, se dio la vuelta y se fue.


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