Al otro lado de la línea, Amelia Estrada caminó tranquilamente hacia el balcón, cerró la puerta insonorizada a su espalda y, contemplando el jardín trasero vacío, dijo con una sonrisa:
—Sí, tengo miedo, pero no lo harás.
Las personas que sufren por un amor no correspondido son las más lamentables.
Ella ya le había puesto la oportunidad en bandeja a Fabián; no creía que fuera capaz de rechazarla.
Fabián encendió el carro y entrecerró los ojos.
—Te lo pregunto una vez más, ¿dónde estás?
Era evidente que su paciencia no era tan grande como decían los rumores, y no tenía ganas de andarse con rodeos.
Amelia, sin embargo, no tenía prisa. Apoyó una mano en la barandilla del balcón y dijo con calma:
—No importa dónde esté yo. Lo importante es que ya envié el antídoto a la mansión de la familia Valdés.
—¿A la mansión? —se sorprendió Fabián por un instante, justo antes de que Amelia añadiera con una risa:
—Sí, a la mansión de la familia Valdés.
—Señor Valdés, un consejo amistoso: esta es su última oportunidad de recuperar a su antiguo amor.
Los dedos de Amelia, con sus uñas perfectamente cuidadas, tamborilearon sobre la barandilla.
—Es ahora o nunca —dijo con un tono alegre.
Dicho esto, y sin darle a Fabián tiempo para pensar, intentó colgar.
Pero Fabián ignoró su comentario y preguntó directamente:
—¿Qué ganas tú con todo esto?
«¿Qué gano?».
Una mirada feroz cruzó los ojos de Amelia.
Ganaba mucho, pero, por supuesto, no se lo diría a Fabián.
Sin embargo, respondió con total naturalidad:
—Si Eleonor vuelve contigo, el lugar al lado de Iker quedará libre.
Fabián ya había oído rumores sobre los sentimientos de Amelia por Iker.
Esbozó una sonrisa irónica.
—Ese lugar estuvo vacío durante muchos años y no vi que tuvieras la habilidad de ocuparlo.
El sarcasmo en su voz era evidente.
Eso tocó la fibra más sensible de Amelia, quien sintió una oleada de ira. Justo cuando iba a responder, él le colgó el teléfono.
Los dedos de Amelia, que descansaban en la barandilla, se crisparon con fuerza. Se oyó un chasquido: una de sus uñas se había roto y la sangre brotó al instante.
Como si no lo sintiera, sus ojos solo reflejaban un odio demencial.
«¿Por qué?».
Aunque habían crecido juntos, la familia Estrada seguía sin valorarla; ¡solo se preocupaban por encontrar a Zoe Estrada! ¡Tantos años y solo buscaban a Zoe!
¿Incluso Fabián, un extraño, pensaba que ella no estaba a la altura de Eleonor?
Además de llevar la sangre de la familia Estrada, ¿qué tenía esa desgraciada que la hiciera mejor que ella?
Iker la dejó hacer, pero al poco tiempo, la puerta de la habitación se abrió desde afuera.
Nil entró, le quitó el teléfono a Eleonor y se lo entregó a Iker.
—Yo me quedo a cuidarla esta noche. Tú y el señor Rodríguez váyanse a casa a descansar.
—Prefiero quedarme yo… —dijo Eleonor, inquieta.
—Si el profesor vuelve mañana y se entera de que dejé a una mujer embarazada haciendo guardia toda la noche, ¿no crees que me llevaré una buena reprimenda? —Nil usó a Álvaro Osorio como argumento y, caballerosamente, la tomó por los hombros—. Venga, váyanse ya. No te preocupes, si pasa algo, te llamaré de inmediato.
Eleonor se levantó a regañadientes, pero seguía sin sentirse del todo tranquila.
Iker, que estaba respondiendo un mensaje, levantó la vista y, al verla así, le tendió su propio teléfono.
—Mira. Después de leer esto, ¿podrás irte a casa a descansar tranquila?
—¿Qué es? —preguntó Eleonor instintivamente, mientras tomaba el teléfono.
Después de leer su conversación con Alejandra Delgado, soltó un suspiro de alivio, gratamente sorprendida.
—¿Cuándo le pediste a alguien que contactara al señor Cordero?
Bernardo Cordero, uno de los mejores expertos en toxicología de años atrás.
En los últimos dos años, por motivos de salud, se había retirado para disfrutar de su familia, y muy pocos lograban convencerlo de volver al trabajo.
Con él, el tiempo de análisis de los componentes se reduciría considerablemente.
Iker la miró con sus ojos profundos y le pellizcó suavemente la mejilla.
—¿Ahora sí ya podemos ir a casa?

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