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Mi Marido Prestado romance Capítulo 745

Al salir del edificio de oficinas, Simona vio a Cristhian sentado en un sedán negro.

La ventana estaba a medio bajar. El muchacho, que ya de por sí tenía facciones envidiables, lucía un perfil aún más atractivo y maduro bajo la luz del atardecer.

—¿Por qué regresaste de repente? —preguntó Simona, genuinamente sorprendida.

—Vi las noticias —dijo Cristhian—. Pensé que estarías estresada.

—No lo estoy.

Cristhian sonrió.

—Entonces volví porque yo quería verte.

Simona lo miró por un segundo, abrió la puerta y subió al auto.

—¿A dónde vamos? —preguntó él.

—A casa.

El auto salió del estacionamiento. Cristhian manejaba con una calma impecable.

—¿Cómo van las cosas con la familia en San Boreal? —preguntó Simona.

—Bien. El abuelo está al mando, no hay de qué preocuparse.

—Entonces quédate allá. No andes viajando de un lado a otro.

Cristhian no dijo nada.

-

Por otro lado, Florencia Herrera estaba revisando unos expedientes cuando recibió una llamada de su padre, Andrés.

—Tu hermano está en problemas.

Florencia no dejó de pasar las páginas del expediente.

—¿Ahora qué hizo?

—Le dieron una paliza. Está en el hospital.

Por puro instinto profesional, Florencia preguntó:

—¿Ya llamaron a la policía?

—Sí, pero los policías dicen que como él debía dinero y trató de defenderse, lo catalogaron como una riña callejera.

Florencia soltó el bolígrafo.

—Y me llamas para... ¿qué exactamente?

Andrés se quedó callado.

—Ese dinero lo debe él, no yo —dijo Florencia con un tono gélido—. No vuelvas a buscarme para resolver sus desastres.

—¡Florencia!

—Si crees que soy una mala hija, ve al juzgado y demándame. Veamos si la ley dice que es mi obligación pagar las deudas de juego de mi hermanito.

Sin decir más, le colgó.

La oficina quedó sumida en un silencio total.

Se quedó mirando el expediente por unos segundos, pero ya no pudo concentrarse en una sola palabra.

El teléfono sonó de nuevo.

Era Benicio.

—Mandé investigar lo de tu hermano —dijo Benicio con tono práctico—. Fueron unos matones enviados por los prestamistas. No es nada grave, puros golpes superficiales.

—¿Por qué te metes en esto?

—Tenía miedo de que cedieras y les dieras dinero.

—No lo haré.

Y era cierto. Florencia no iba a ceder, pero que su familia la acosara constantemente con esos problemas le arruinaba el día.

—Me parece perfecto.

Hubo un breve silencio en la línea.

—¿Tienes planes para esta noche? —preguntó Benicio—. Abrieron un restaurante de comida picante muy bueno por aquí.

—No tengo tiempo.

—Entonces mañana.

—Tampoco.

—Pasado mañana.

—Porque no tengo cómo pagártelo.

—¿Quién te pidió que me pagaras nada?

Él no quería su dinero ni sus favores.

Solo la quería a ella.

Florencia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y no estaba segura de si era por el picante.

Sabía perfectamente lo que Benicio sentía, pero no podía corresponderle.

Pertenecían a mundos completamente distintos.

Benicio empujó el tazón de caldo hacia ella.

—Toma un poco. Te hará bien para el estómago.

Florencia bajó la cabeza y tomó un sorbo.

Al terminar de cenar, ambos regresaron a Jardines de Esmeralda. Subieron en el mismo ascensor y cada uno se dirigió a su departamento.

Antes de entrar, Florencia se giró y sus miradas se cruzaron.

Su corazón dio un vuelco, pero fingió indiferencia.

—Gracias por la cena.

Benicio alzó una ceja.

—¿Solo gracias?

—¿Qué más esperabas?

Todo el mal humor que su familia le había causado se había esfumado por completo.

Sonrió, mostrando sus facciones hermosas y llenas de vida.

—Por una cena, no esperes que me tire a tus brazos.

—Florencia.

Benicio pronunció su nombre con una seriedad repentina, y soltó una frase que la tomó totalmente por sorpresa:

—Mi familia ya dio el visto bueno.

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