El pasillo quedó en un silencio absoluto por unos segundos.
Florencia se quedó pasmada, asimilando lentamente lo que acababa de escuchar.
—La familia Estrada aprobaba que Benicio estuviera con ella.
Para cualquiera, escuchar eso sonaría como si se hubiera ganado la lotería.
Florencia bajó la mirada, y la sonrisa desapareció de sus labios.
—Si tu familia lo aprueba o no, es asunto de ustedes.
Dicho esto, abrió la puerta de su apartamento y entró, sin darle a Benicio la oportunidad de decir una palabra más.
Al día siguiente, en cuanto Florencia llegó al bufete, vio un café caliente sobre su escritorio con una nota adhesiva: *Mucho éxito en el juicio.*
Florencia arrugó el papel, lo tiró a la basura y empujó el vaso hacia una esquina.
—Señorita Herrera, ¿no se va a tomar el café? —preguntó Paula al entrar a dejar unos documentos.
—Tómatelo tú.
—¡Ay, gracias!
Paula sonrió, tomó el café feliz de la vida y salió de la oficina.
Florencia preparó sus cosas y se fue al juzgado. Estuvo ocupada hasta la tarde. Cuando por fin salió, una imponente camioneta negra estaba estacionada justo en la entrada.
El hombre al volante la miró con esos ojos intensos.
—¿Te llevo a la oficina?
—Pedí un taxi.
Su auto estaba en el taller mecánico y no se lo entregarían hasta el día siguiente.
—Cancélalo.
—Benicio, de verdad eres muy fastidioso.
—Lo sé —admitió él sin inmutarse—. Sube de una vez.
Florencia dudó unos segundos, pero sabiendo que él no cedería, abrió la puerta trasera y se subió.
Benicio la observó por el espejo retrovisor y pisó el acelerador.
La camioneta llegó rápidamente al edificio del bufete.
Benicio se quedó estacionado esperando hasta asegurarse de que ella hubiera entrado al edificio antes de marcharse.
Florencia trabajó hasta tarde. Cuando por fin llegó a casa y salió del ascensor, se topó de nuevo con Benicio, que la esperaba en su puerta.
—Florencia, tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—Voy a conquistarte. —Después de tantos rodeos, esta era la primera vez que él lo decía tan directamente.
Florencia lo miró y soltó una carcajada irónica.
—Ya me di un golpe contra la pared una vez. No me interesa repetirlo.
—¿Cómo sabes que será igual si no lo intentamos? —preguntó Benicio.
—Porque ya lo intentaste antes.
Él la miró fijamente.
—Ahora las cosas son diferentes.

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