Aunque era fin de semana, Florencia no logró descansar.
Los mensajes de trabajo no dejaron de llegar desde la mañana hasta la tarde. Cuando por fin terminó de responderlos todos, ya estaba anocheciendo.
Estaba sumergida en el estudio de un caso cuando Benjamín la llamó.
El caso no era exactamente su especialidad, pero quería aceptar el reto.
—El señor Mendoza, de Inmobiliaria Cumbre, será nuestro cliente más importante el próximo año. Quiero que vengas a cenar con nosotros esta noche. Hazlo como un favor personal hacia mí.
Florencia no quería ir, de eso no había duda.
Conocía la reputación de Inmobiliaria Cumbre, y Ricardo Mendoza era famoso en el gremio por ser un tipo detestable y sin modales.
Pero Benjamín era su jefe y siempre la había tratado bien.
—De acuerdo, páseme la dirección.
La cena era en un restaurante exclusivo que acababa de inaugurarse cerca del bufete.
Cuando Florencia llegó, ya había unas siete u ocho personas en la sala privada.
Benjamín tenía una silla vacía a su lado y le hizo una seña.
—Florencia, siéntate aquí.
Apenas se acomodó, los ojos de Ricardo Mendoza se clavaron en ella.
Era un hombre de unos cincuenta años, con el cabello relamido hacia atrás y una pesada cadena de oro colgando del cuello.
—Señorita Herrera, ya me habían dicho que Benjamín tenía a una abogada hermosísima en su equipo.
Le sirvió un caballito de tequila y se lo acercó. Al sonreír, sus ojos se convertían en dos ranuras.
—Un brindis por nuestra primera reunión.
Florencia ni siquiera tocó el vaso.
—Señor Mendoza, vine manejando. ¿Le importa si brindo con agua fresca?
La sonrisa de Ricardo se desdibujó un poco.
—Si vino manejando, puede pedir un chofer más tarde. ¿O acaso me está despreciando, señorita Herrera?
Benjamín intervino rápidamente para calmar las aguas.
—Señor Mendoza, Florencia realmente no tolera el alcohol. Yo me lo tomo por ella.
—Benjamín, yo quiero brindar con la señorita Herrera, no con usted.
La sala se quedó en silencio absoluto.
Florencia miró el vaso de tequila, lo tomó y se lo bebió de un solo trago.
Ricardo sonrió, satisfecho, y dejó caer su brazo sobre el respaldo de la silla de Florencia.
—Así me gusta.
Florencia se inclinó hacia adelante discretamente, de modo que el brazo de él quedó apoyado únicamente en el respaldo de la silla.

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