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Mi Marido Prestado romance Capítulo 763

Iker dejó a Simona en el Chalet La Brisa Marina antes de dirigirse con Eleonor al Chalet El Roble Dorado.

En el trayecto, Eleonor recostó la cabeza contra el asiento, relajándose por fin. Unos minutos después, soltó un suspiro molesto.

—Owen no me parecía un hombre tan aferrado. ¿Por qué tiene que darle tantas largas a un simple divorcio?

Iker manejaba con una sola mano, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

—Cuando hay tantos intereses de por medio, el orgullo duele más. Probablemente no es a Simona a quien le cuesta dejar ir, sino al estatus que le da la familia Estrada.

—¿Tú crees? —Eleonor lo miró con curiosidad.

—Si a Owen de verdad le importara su esposa, se habría dado cuenta hace años. No tendría que esperar hasta ahora —sentenció Iker con frialdad.

Eleonor se quedó en silencio un momento y dejó escapar otro suspiro.

—Solo espero que Simona no se atormente demasiado por culpa de ese idiota.

—No lo hará —aseguró Iker—. Es una mujer inteligente. Sabe mejor que nadie qué batallas luchar y cuáles dejar atrás.

—Tienes razón.

Eleonor se volvió a recostar, mirando el paisaje urbano pasar a toda velocidad por la ventana. De repente, una sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Qué pasa? —preguntó Iker.

—Nada —respondió—. Solo estaba pensando en lo bien que estamos.

—¿A qué te refieres?

—A que todo está saliendo de maravilla.

Giró el rostro para verlo a los ojos.

—Te tengo a ti a mi lado, a nuestro bebé creciendo sano... el profesor Álvaro y Natalia están súper bien de salud, el trabajo de Flori va viento en popa, y la señora Yolanda está mejorando muchísimo. Todo parece encajar perfectamente.

Iker soltó el volante con una mano para entrelazar sus dedos con los de ella.

—Y se pondrá aún mejor.

—Sí —afirmó ella, apretando su mano.

Cuando el auto entró al Chalet El Roble Dorado, Eleonor revisó la hora.

—¿Vas a volver a la oficina hoy?

—Puedo ir, o puedo no ir —dijo Iker mientras estacionaba, inclinándose para desabrocharle el cinturón—. Depende de lo que tú quieras hacer.

—Entonces, ¿qué quieres cenar para celebrar?

—¡Una buena parrillada!

Iker soltó una carcajada.

—Sientes exactamente los mismos antojos de siempre. Antes, cuando querías celebrar algo, también pedías parrillada.

—Y si ya lo sabes, ¿para qué me preguntas? —Eleonor le dio un codazo juguetón—. Vamos, yo invito.

—¿Tú invitas? —Iker arqueó una ceja—. ¿Traes algo más que el celular en los bolsillos?

—Hoy en día todo se paga con el celular —le lanzó una mirada de reproche—. Además, tengo bastantes ceros en mi cuenta bancaria, por si lo olvidaste.

Iker se dejó arrastrar por ella, incapaz de borrar la enorme sonrisa de su rostro.

La cena duró hasta pasadas las ocho de la noche. Eleonor se recostó en la silla, sintiendo una satisfacción plena y reconfortante.

Al regresar al chalet, Iker se encerró en el estudio para responder algunos correos urgentes, mientras Eleonor se acomodó en el sofá de la sala para hacer una videollamada con Florencia Herrera.

Poco después de colgar, llamaron a la puerta. Al abrir, Eleonor se encontró con Benicio Estrada. Aún traía consigo el frío cortante de la noche impregnado en la ropa.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, sorprendida.

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