Si perdía dinero, ni modo.
Lo más importante ahora era conseguir el efectivo.
Por suerte, el precio superaba con creces el millón seiscientos mil pesos.
Era suficiente para pagar la deuda de Gael.
Ambas partes firmaron el acuerdo y la tienda le transfirió directamente un millón ochocientos sesenta mil pesos a su cuenta.
Sintió un gran alivio.
Dio las gracias y se fue.
Después de que se marchara, la empleada, Cecilia, comenzó a organizar los artículos que había vendido.
Justo en ese momento, un hombre de aspecto galante se acercó.
—Cecilia, ¿qué vendió la señorita que acaba de salir?
Cecilia extendió los objetos sobre el mostrador.
—Puras piezas de valor, casi nuevas. Podemos sacarles una buena ganancia al revenderlas. Sobre todo este reloj; si le cambiamos la tapa trasera, en el mercado actual vale dos millones seiscientos mil pesos.
¡Solo con esa venta, podían ganar un millón!
Los ojos de Cecilia brillaban.
Ramón Gutiérrez, el dueño de la tienda y un junior de la familia Gutiérrez, tomó el reloj y examinó la parte trasera.
Cuando vio el nombre «Luciano» grabado, una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro.
Esto se iba a poner bueno.
Cuando Abril entró, pensó que se había equivocado de persona.
—Me quedo con estas cosas, las necesito —le dijo a Cecilia.
—¡Jefe, pero la ganancia es de un millón! —a Cecilia le empezó a doler la cabeza. Conociendo a Ramón, ¿acaso iba a usarlas para conquistar a alguna chica? Lo que podría ser una ganancia de un millón, ahora podría convertirse en una pérdida de dos. Tener un jefe tan mujeriego, que no le daba importancia a las ganancias, la hacía querer llorar a cada momento.
Ramón sonrió con picardía, sus seductores ojos brillando con interés.
—Tú ves una ganancia de un millón. Yo veo… cinco millones.
Ante la mirada confundida de Cecilia, Ramón tomó los artículos y se dirigió a su oficina.
Marcó el número de Luciano.
Luciano contestó rápidamente.
La voz fría de Luciano se escuchó al otro lado:

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