A ella la habían echado a patadas de vuelta a Santa Clara, dejándola a su suerte.
Pero él ya la había malcriado hasta arruinarla.
No sabía trabajar, odiaba la idea de un empleo, y sus delirios de grandeza no encajaban con su dura realidad.
No dejó de hacer escándalos, volviendo a Rosarito para acosar a Esteban, y al final terminó siendo asesinada por uno de los obsesivos pretendientes de la joven rica, como una macabra prueba de devoción hacia ella.
Con razón, justo cuando sentía que acababa de morir ahogada, inexplicablemente abrió los ojos otra vez.
El pánico fue tal que las piernas le fallaron a Gisela, y cayó de rodillas directamente frente a Esteban.
Esteban se quedó sin palabras.
Esteban, que pensaba que ella iba a montar otro de sus berrinches, se quedó helado, con la confusión reflejada en la mirada.
—Tú... —abrió la boca, sin saber qué decir.
Y entonces, él también se arrodilló.
Como si de pronto se diera cuenta de algo.
—¿Podemos dejar los juegos dramáticos para otro día? —su voz sonaba apagada, llena de frustración, agotamiento y una pizca de súplica—. De verdad ya no puedo más, estoy exhausto.
Gisela no supo qué decir.
Ambos estaban arrodillados frente a frente, rodilla con rodilla, a menos de medio metro de distancia.
Gisela sintió que el rostro le ardía de vergüenza.
Estaba tan avergonzada que deseó que la tierra se la tragara.
El hombre frente a ella también estaba arrodillado, su rostro frío y distinguido estaba tan cerca que el cansancio marcado en sus facciones dibujaba una especie de decadencia indescriptible en la penumbra.
El ambiente se volvió denso e incómodo.
El cerebro de Gisela funcionó a toda velocidad, y su instinto de supervivencia se activó al máximo.
Se levantó de un salto.
—¿Cuáles juegos? La luz estaba apagada y casi me matas del susto.
Esteban se apoyó en sus rodillas para ponerse de pie, moviéndose con pesadez.
Su mirada se detuvo en las pestañas temblorosas de ella.
¿Desde cuándo ella sentía un mínimo de empatía por lo mucho que él trabajaba?
Gisela se sintió intimidada por su mirada, un nudo se formó en su estómago.
Sabiendo que entre más hablara, más se equivocaría, decidió recurrir a su habitual actitud mandona.
—¿Qué tanto miras? ¡Apestas a sudor, me estás mareando!
Sin siquiera mirar a Gisela, levantó una esquina del cobertor y se acostó.
Apenas su cabeza tocó la almohada, su respiración se volvió profunda y rítmica.
Estaba verdaderamente agotado.
Pasaba el día de pie en la caseta de vigilancia, y por las noches repartía pedidos sin importar el clima, además de los trabajos pesados en la construcción.
Todo ese desgaste extremo lo hacía para ganar un dinero que terminaba desapareciendo en el pozo sin fondo que era Gisela.
La habitación era diminuta, apenas cabía una cama de tamaño matrimonial y un armario.
Gisela dudó un instante y, con el cuerpo tenso, se acostó en el borde de la cama, haciéndose un ovillo.
El calor del cuerpo a su lado irradiaba de forma constante.
Hacía mucho tiempo que no compartía la misma cama con Esteban.
Lo único que podía recordar era cómo, después de que todo salió a la luz y él la dejó, ella había ido a buscarlo como una loca en varias ocasiones, encontrándose siempre con la mirada fría e impaciente de Esteban.
Escuchó el roce de las sábanas detrás de ella.
El cuerpo de Gisela se puso rígido.
Al segundo siguiente, Esteban la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él.

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