Habitación VIP.
Un hombre estaba de pie junto a la cama del hospital.-
Su presencia era tan imponente que el marco de la puerta a sus espaldas parecía encogerse.
Llevaba un abrigo negro que acentuaba la anchura de sus hombros, su pecho firme y sus piernas largas, dándole un porte impecable.
Tenía esa presencia de los hombres que entran a un lugar y hacen que todo les pertenezca.
—¡Leandro Valiente! ¡No te pases de la raya! ¡Al menos ten respeto, soy amigo de tu tío! —bramó Rodrigo, echando humo del coraje.
Leandro era el hijo mayor del lado principal de la familia Valiente y primo de Adrián. Como presidente de Grupo Valiente, era conocido por su frialdad y su mano dura en los negocios.
Hacía unos días, Rodrigo le había pirateado a uno de sus altos ejecutivos y el rumor se filtró.
Para evitar broncas, se había metido al hospital con el pretexto de estar enfermo, pero nunca imaginó que Leandro lo iría a buscar hasta ahí.
Leandro alzó la vista apenas, con un desprecio tan frío que lo redujo a nada.
Con un leve movimiento de cabeza, el abogado a sus espaldas le entregó unos documentos a Rodrigo. Al leerlos, la rabia de este último se transformó en pánico.
—¿Vas a aplicar la cláusula de no competencia? ¿Me vas a demandar? ¿No te da miedo que suelte la sopa sobre lo de tu tío?
—Puedes intentarlo —respondió Leandro con voz grave y helada—. Vamos a ver qué pasa primero: si tú terminas arruinado o si a mi tío lo corren de la junta directiva.
Rodrigo palideció de golpe.
Leandro no le dedicó ni un segundo más, se dio la media vuelta y lanzó una última advertencia:
—Tienes tres días para depositar la indemnización en la cuenta de Estrella Imperial Entertainment. Si no lo haces, despídete de Estelar Media.
En cuanto se cerró la puerta, se escuchó a Rodrigo soltando una sarta de maldiciones en la habitación. Iván Aguirre, el abogado de la empresa, se apresuró a seguir a Leandro, mirándolo por la espalda con profunda admiración.
El heredero de los Valiente era egresado de Stanford. A los veinticinco años tomó las riendas de Estrella Imperial Entertainment y, en solo tres años, unificó todo el sector de entretenimiento, multiplicando las ganancias de la empresa. Era un líder nato, implacable y con un ojo clínico para los negocios; el sucesor indiscutible de la familia.
Ambos caminaban por el pasillo cuando Leandro se detuvo en seco.
Iván siguió su mirada.

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