Se giró y se topó de frente con Adrián.
Aitana se sorprendió por un segundo, pero al recordar aquella llamada, su mirada se endureció de inmediato.-
—¿Qué haces aquí?
Adrián notó perfectamente el cambio en su rostro; esa vulnerabilidad que tenía hacía un segundo desapareció por completo al verlo, como si él jamás hubiera sido alguien en quien ella quisiera apoyarse.
El tono preocupado de su voz se esfumó, dando paso a la indiferencia:
—¿No me llamaste tú para que viniera? —Esbozó una sonrisa fría—. Acabo de toparme con tu tío. Tu mamá está bien, ¿no?
Al oír eso, Aitana se quedó en silencio varios segundos. Cerró los ojos y soltó una sonrisa vacía, de esas que solo salen cuando ya no queda nada por dentro.
—Entonces ya te puedes ir.
—¿De verdad tienes que hablarme así?
Adrián se puso de pie y la provocó con doble sentido:
—¿Apenas consigues quién te cuide y ya te estorbo?
Aitana no entendió a qué se refería. Pensó que él estaba molesto porque había interrumpido la celebración del cumpleaños de Ariadna y por eso le estaba buscando pleito.
—¿Crees que me moría de ganas de llamarte?
Lo miró con una distancia helada, aunque el cansancio se le notaba hasta en la piel, y aun así encontró fuerzas para decir:
—Fue mi mamá la que quería verte por última vez. Los doctores nos dijeron que estaba muy grave. La acaban de resucitar justo antes de que llegaras.
Adrián se quedó pasmado.
Guardó silencio un instante y, justo cuando estaba a punto de hablar, le sonó el celular.
En la pantalla brillaba el nombre «Ariadna».
Al verlo, Aitana soltó una risita cargada de ironía; con eso le bastó para entenderlo todo.
Adrián colgó la llamada y la miró:
—¿En qué cuarto está tu mamá? Voy a...
El celular volvió a sonar, con insistencia, una y otra vez.
Él chasqueó la lengua, fastidiado.
Aitana se volteó, cerrándole el paso con la espalda:
—Si vas a contestar, salte. Quiero descansar.
Adrián apretó los labios, puso el teléfono en silencio y se quedó mirando fijamente su espalda con la mente en blanco.
Media hora después, Aitana escuchó que él se iba de la habitación pisando con cuidado.
Ella sonrió con amargura, se envolvió en las cobijas y se encogió sobre sí misma.
Al parecer, el corazón sí podía romperse en mil pedazos una y otra vez.



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