Alan me sujetó con violencia, sacudiéndome como un demente. Su rostro estaba desencajado por la furia.
—Dime quién te dio ese anillo, Aurora. ¡Dime su nombre ahora mismo! ¿De verdad piensas que voy a dejar que te cases con otro? Estás muy equivocada. Vas a lamentar haberme engañado.
—¿Engañarte yo? —le respondí, sin poder contener la rabia—. No tienes vergüenza, Alan. ¿Con qué cara me reclamas, cuando tú llevas acostándote con Karoline desde que ella regresó? Antes me dolía cómo me tratabas, con esa frialdad que helaba hasta el alma. Siempre quise ser la esposa perfecta, pero ¿sabes qué? Me arrepiento con toda mi alma de haber desperdiciado tantos años contigo. Y más aún… de haberle quitado a mi hijo la oportunidad de ser feliz.
Su mirada se volvió más oscura. Me sujetó por el cuello con una fuerza que me cortó el aire.
—Ahora mismo me vas a decir el nombre del perro con el que te revuelcas. Voy a hacerlos pedazos a los dos.
Ya no era la misma de antes. La furia me dio fuerzas y le solté una patada en la entrepierna. Se dobló de dolor, y yo me zafé de un tirón, pero alcanzó a sujetarme del cabello, obligándome a agacharme mientras yo forcejeaba. Sentía su respiración cerca, hasta que un puñetazo seco lo lanzó al suelo.
—Que nunca en tu miserable vida se te vuelva a ocurrir ponerle una mano encima a mi mujer —sentenció Alexander con una voz que helaba la sangre—, porque entonces no voy a dudar en destrozarte con mis propias manos.
Alan se levantó tambaleante, con la furia chispeando en sus ojos. Se lanzó sobre Alexander, pero él fue más rápido y certero.
—Así que tú eres el amante de esta zorra —escupió Alan, limpiándose la sangre del labio.
—Yo no soy el amante de nadie —respondió Alexander, propinándole otro golpe que lo hizo tambalear—. Aurora es mi prometida, y se casará conmigo. Y si vuelvo a escucharte llamarla de forma despectiva, no va a existir rincón en este mundo donde puedas esconderte de mí para aplastarte como la cucaracha que eres.
—¿Tú quién te crees para hablarme así, imbécil? Yo soy Alan Harris, soy poderoso en este país.
—Sé perfectamente quién eres —Alexander no se inmutó—. Un machista engreído, un desgraciado que fue capaz de dejar morir a su propio hijo para salvar la vida de la hija de su amante. Eso eres, y nada más: basura.
—¡Voy a acabar contigo y con ella! Nunca voy a dejar que se casen.
—No me hagas reír. ¿De verdad crees que puedes impedírmelo? Al parecer, el que no sabe con quién está tratando eres tú.
De pronto, el equipo de seguridad de Alexander apareció.
—¿Está todo bien, señor King? —preguntaron con firmeza.
Alan palideció al escuchar ese apellido. Lo vi tragarse en seco. Nunca imaginó que el hombre que me protegía fuera nada más y nada menos que Alexander King. Y aunque conocía el nombre, jamás había visto su rostro: Alexander era hermético, reservado, jamás se exhibía como los demás.


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