el rostro de Karoline se transformó en una máscara de furia. Vi cómo estuvo a punto de avanzar hacia mí, pero justo en ese momento los señores Richmond se acercaron a recibirlos.
—Feliz aniversario, señores Richmond, es una celebración preciosa —dijo Alan, con esa voz engolada que usaba para llamar la atención.
—Alan, muchas gracias por acompañarnos, me alegra que te guste la fiesta —respondió el señor Richmond con cortesía, aunque noté que su entusiasmo no era tan cálido como con Alexander—. ¿No nos vas a presentar a tu linda acompañante, querido?
—Por supuesto. Les presento a la señora Karoline Whitmore.
—¿Me imagino que ella es tu esposa? —preguntó la señora Richmond con una curiosidad evidente.
Sabía perfectamente que Alan no tenía una relación cercana con ellos, y a diferencia de Alexander, nunca había sido parte de este círculo social hasta que empezó a escalar a la fuerza en el mundo empresarial.
—No, ella es una buena amiga —respondió él con frialdad.
Vi el gesto de Karoline endurecerse. La humillación se le clavó como una daga, porque ni siquiera fue capaz de presentarla como su pareja. Disimuló con esa falsa sonrisa que sabía usar tan bien, pero yo la vi quebrarse por dentro.
—Siéntanse como en su casa, espero disfruten la velada —añadió Nicolás Richmond con amabilidad.
De inmediato, Alan identificó algunos rostros conocidos, y apenas lo reconocieron se acercaron a entablar conversación. Sin pensarlo, la dejó sola. Y claro, Karoline no desaprovechó la oportunidad: como víbora en acecho, se vino directo hacia mí.
—¿Qué haces aquí, Aurora? ¿Tienes tan poca dignidad que vas a seguir como un perro faldero detrás de Alan?
Solté una carcajada fría y la miré de arriba abajo con desdén.
—El único perro faldero aquí eres tú, Karoline. Usurpando un lugar que no te corresponde, siguiendo a un hombre que ni siquiera es capaz de presentarte como su pareja. Qué tristeza que no puedas aspirar a algo más en la vida de alguien.
—Dices eso porque estás despechada, Aurora. Te duele que Alan sea a mí a quien lleve de su brazo, porque tú ni siquiera le servías para eso. Estaba contigo y, sin embargo, prefería que fuera yo quien lo acompañara. Tú siempre terminabas avergonzándolo.
—Si pensar eso te consuela, hazlo. Créeme que ni tú ni él me importan en lo absoluto. Si estoy aquí es por razones muy distintas, que no tengo por qué explicarte.
Me disponía a dar media vuelta cuando me tomó bruscamente del brazo.
—A mí no me dejas con la palabra en la boca, mujercita insignificante. Si crees que lo que le hiciste a mi hija se va a quedar como si nada, te equivocas. Voy a hacer que tu vida sea un infierno más terrible del que ya vives. Y así como quité del camino a tu mocoso, también te voy a quitar a ti.
Sentí que la sangre me hervía. Me zafé con violencia, apretándole la muñeca hasta que dejó escapar un gesto de dolor.
—Si vuelves a mencionar a mi hijo, desgraciada, te juro que te saco los ojos. No me importa que todos nos estén mirando. Soy capaz de gritarle a todo el salón que eres la perra con la que se revolcaba Alan incluso cuando estaba conmigo. Y también que hiciste hasta lo imposible por arrebatarle a una criatura inocente la oportunidad de vivir.

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