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Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex romance Capítulo 38

El beso de Alexander fue intenso, demasiado. Su boca buscó la mía con una necesidad que me hizo olvidar por segundos dónde estaba y quién era yo. Sentí su fuerza, su calor, ese impulso contenido que parecía arrastrarnos a los dos hacia un lugar del que no habría vuelta atrás.

Pero entonces, de pronto, él se apartó bruscamente. Su respiración estaba agitada, sus ojos cargados de algo que no quise descifrar.

—Perdóname… —murmuró, apartando la vista—. No debí dejarme llevar. Aurora, te prometo que no volverá a pasar.

El golpe de sus palabras me dejó helada. Lo había sentido… había sentido cada parte de ese beso, y aún así, él lo reducía a un error.

—Tienes razón —respondí con la voz más firme de lo que realmente sentía—. Esto no puede volver a suceder. Lo nuestro es sólo un acuerdo. No podemos permitir que estas cosas sigan pasando.

Al pronunciar esas palabras, algo dentro de mí se quebró. Era lo que debía decir, lo que tenía sentido. Pero en lo profundo, dolía.

Alexander apretó la mandíbula, como si mis frases fueran cuchillos que se clavaban en él. Sin replicar, se giró hacia la puerta y salió de mi habitación con pasos rápidos, dejando tras de sí un silencio pesado.

Me dejé caer sobre la cama. El corazón me palpitaba con fuerza, y sentía una mezcla amarga de decepción y culpa. ¿Cómo podía estar sintiendo algo por él, cuando todo entre nosotros estaba basado en un contrato? No tenía derecho.

Mientras yo lidiaba con mis pensamientos, en otra parte de la ciudad Alan navegaba con furia por los portales de Internet. El nombre de Alexander King estaba en todos los titulares, y al lado, el mío. La prensa hablaba de nuestro compromiso inminente, de la historia de la misteriosa prometida que había deslumbrado al empresario más enigmático.

Pero los titulares no sólo lo mencionaban a él, también a Alan. Lo pintaban como el hombre fácil de desplazar, el cornudo de la historia.

Golpeó el escritorio con rabia.

—No… no me voy a quedar de brazos cruzados, no te voy a permitir que me arrebates lo que es mío, infeliz —gruñó.

Se levantó y comenzó a buscar entre las cosas que aún conservaba de mí. Cajones, cajas, carpetas. Y ahí estaban: fotografías antiguas. Yo y él, sonriendo, abrazados, mirándonos como si el mundo nos perteneciera. Fotografías de cuando nuestra relación aún parecía tener futuro.

Las tomó con fuerza.

—Perfecto… si las hago pasar por actuales, Alexander creerá que seguimos juntos.

Encendió el ordenador, abrió programas de edición y comenzó a retocar, ajustar, pulir. Lo que iba a hacer era venenoso, pero efectivo. Su plan estaba claro: filtrar esas fotos y dejar que los medios hicieran el resto.

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