La villa era un lugar amplio y acogedor, rodeado de silencio y naturaleza. Caminé por los pasillos explorando cada rincón: los ventanales daban a los jardines, el aire fresco se colaba por todas partes y el ambiente tenía algo de mágico.
Mientras recorría una galería llena de cuadros, Max llegó corriendo hacia mí, con esa sonrisa que siempre iluminaba todo a su alrededor.
—Mamita —me dijo con entusiasmo—, mi amigo me visitó en mis sueños.
Me detuve en seco. Sentí que el corazón me palpitaba con fuerza en el pecho.
—Cariño, eso es maravilloso. ¿Me puedes contar qué te dijo?
—Él dice que está muy feliz en el lugar donde está. Me dejó verlo, mamita, es un lugar hermoso. Me dijo que le gustaba verte sonreír.
Mi respiración se entrecortó.
—¿Estás seguro, cariño? ¿Era Tommy a quien viste?
—Sí, era él. El niño que me mostraste en la foto, tu hijo.
Las palabras me atravesaron como un rayo. Me costaba asimilar lo que estaba escuchando. ¿Tommy? ¿Mi hijo? ¿Un ángel que aún seguía pendiente de mí, de nosotros? Fue inevitable pensar que, de alguna forma, existía una conexión entre Max y él, como si mi pequeño me hubiera dejado un pedacito suyo en este niño.
Lo abracé con fuerza y Max correspondió, hundiendo su cabecita en mi cuello.
—Te quiero mucho, mamita.
—Y yo a ti, mi amor —susurré con la voz quebrada.
Desde lejos, sentí una mirada posarse en nosotros. Era Alexander, observando en silencio. Pude ver en sus ojos algo que jamás había visto: ternura, emoción, vulnerabilidad.
—Eres maravillosa, Aurora… — murmuró para sí, en una voz tan baja que no alcanzamos a oírlo.
Alexander se acercó, y Max corrió a sus brazos.
—Papito, me gusta mucho tener una mamita. Ella es la mejor. Tú también la quieres mucho, ¿verdad?
Alexander me miró fijamente, con un brillo distinto en los ojos.
—Sí, campeón, yo también la quiero mucho.
—Entonces ve a abrazarla, anda papá, no te quedes allí.
El comentario nos hizo sonreír. Alexander me rodeó con un brazo. Quiso aparentar formalidad, pero el contacto no fue forzado. La química era tan evidente que ninguno pudo disimularlo.
—Estoy muy feliz, muy, muy feliz —exclamó Max—. ¡Vengan, vamos juntos a la piscina!
Salió corriendo como un rayo. Alexander reaccionó de inmediato.
Subí a la habitación, todavía agitada, y me quité el vestido empapado. Apenas me puse una bata, tocaron la puerta.
—¿Sí? —pregunté al abrir.
Era Alexander. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, y su voz salió baja pero intensa.
—Nunca dejas de sorprenderme.
—¿Por qué dices eso?
—Fuiste más rápida que yo. Actuaste sin pensarlo para salvar a mi hijo. No te importó arruinar tu vestido ni tu maquillaje, lo único que querías era protegerlo… y eso es algo que no tiene precio.
Sentí un calor recorrerme las mejillas.
—Max es un niño maravilloso. Lo que hice es lo que cualquiera habría hecho, Alexander, no es para tanto.
—Claro que lo es. No cualquiera muestra tanto cariño por un pequeño que no es suyo. Tú le hablas de una manera tan especial… eres maravillosa, Aurora. —Se acercó un paso más, y su mirada ardía—. Me alegra tanto que vayas a ser mi esposa. No solo por Max.
El silencio se llenó de electricidad. Lo tenía frente a mí, tan cerca que podía sentir su respiración. Su mano acarició mi mejilla, y entonces sus labios se encontraron con los míos.
El beso fue intenso, arrebatado, imposible de contener. Yo le respondí con el mismo frenesí, dejándome llevar por todo lo que hasta ahora había reprimido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Milagro y venganza, casada con el rival de mi ex