Las fotografías seguían en mi mente, cada titular venenoso golpeándome como una daga. No podía quedarme callada.
—Alexander… —me acerqué a él apenas lo vi en el estudio—, por favor, créeme, nada de lo que muestran es verdad. Yo sería incapaz de hacer algo así.
Él me miró fijamente, con esa serenidad que pocas veces mostraba.
—Aurora, tranquila. En ningún momento creí nada de lo que dicen.
Me quedé helada.
—¿Qué… qué dices?
—Conozco perfectamente los alcances de un ser repulsivo como Harris —su voz sonaba dura, cortante—. Pero si él piensa que esta vez me quedaré con los brazos cruzados, está muy equivocado.
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Ese mismo día, Alexander reunió a su equipo de marketing, legal y de seguridad en la sala principal. Yo estaba ahí, observando cómo todos se movían con eficacia, cada uno aportando ideas para enfrentar la situación.
—No basta con desmentir las fotografías —dijo el jefe de marketing—. Si atacamos sólo con comunicados, parecerá defensa.
—Coincido —respondió uno de los abogados—. Lo mejor es una declaración firme, pública, donde usted y la señorita Harper enfrenten a los medios de forma directa.
—¿Conferencia de prensa? —pregunté en voz baja.
Alexander asintió con seguridad.
—Sí. Y lo haremos anunciando oficialmente nuestro compromiso. Nadie tendrá dudas después de eso.
Me quedé en silencio unos segundos. Era arriesgado, pero también la única manera de limpiar mi nombre. Respiré hondo y lo miré a los ojos.
—De acuerdo. Lo enfrentaré contigo.
Un destello de orgullo brilló en su mirada.
—Esa es la actitud, Aurora, así es como quiero verte.
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Más tarde me encerré en la sala que él había preparado para mis diseños. Necesitaba concentrarme en algo que no fueran titulares o fotografías manipuladas. Entre telas, bocetos y maniquíes, sentí que podía volver a respirar.
Alexander entró sin que me diera cuenta. Se quedó mirando los diseños sobre la mesa.
—¿Todo esto lo hiciste en tan poco tiempo?
—Sí —respondí, un poco nerviosa por la forma en que me observaba—. El diseño me sirve para desahogarme, siempre ha sido así.
—Aurora… —se acercó y su voz bajó de tono—. Lamento que estés pasando por todo esto. Ese cerdo se merece una lección, y créeme que yo se la voy a dar.
—Alexander, no quiero que te metas en problemas por mi culpa. A mí ya no me afecta lo que diga o haga Alan.
Él negó con firmeza.
—Pero a mí sí. No voy a permitir que se hable mal de mi futura esposa. Te doy mi palabra: mañana tu nombre quedará limpio, y él aprenderá que meterse conmigo tiene consecuencias.
—¿Estás seguro de que eso no representará ningún problema para ti? ¿Que no te causará contratiempos?
—No va a pasar nada. Ese imbécil no sabe con quién se está metiendo. Nadie daña a Alexander King sin recibir lo que se merece.
Sus ojos recorrieron mis bocetos.
—Estos diseños son fabulosos. Tienes mucho talento, Aurora, y estoy seguro de que vas a ganar la competencia. Si me lo permites, me gustaría ser tu patrocinador e invertir en tu línea de ropa.

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