Él dijo que el bebé no se podía salvar, pero la enfermera había dicho claramente que el feto se desarrollaba con normalidad.
Él dijo que la seguridad de ella era lo más importante, pero por otra mujer y otro niño, acababa de matar al suyo con sus propias manos.
Hasta sus mentiras estaban estructuradas como una tesis médica irrefutable.
Rosalba Soler dejó de llorar poco a poco. Levantó la mirada, con los ojos rojos e hinchados, y lo observó con una fragilidad abrumadora.
Extendió la mano que él no sostenía y acarició con suavidad su vientre plano.
Allí, bajo una capa de gasas, solo quedaba un útero vacío y una cicatriz fresca.
—Teobaldo —preguntó en voz baja, con una voz que cargaba el miedo de quien acaba de sobrevivir a una tragedia y una pizca de esperanza suplicante—, ¿entonces... en el futuro podré volver a embarazarme?
Esa fue la primera trampa que le tendió.
Una trampa para probar qué tan minuciosa era su mentira.
Hubo dos segundos de silencio en el aire.
La mirada de Teobaldo Santoro vaciló un instante. Luego suspiró y extendió la mano para apartar los mechones humedecidos por las lágrimas de la frente de ella. Sus movimientos eran increíblemente tiernos.
—En esta cirugía, tuvimos que extirpar tu trompa de Falopio derecha.
Su voz rebosaba impotencia y consuelo.
—Pero la izquierda sigue ahí, así que, en teoría, todavía tenemos una oportunidad. Solo que las probabilidades... serán un poco más bajas de lo normal.
La miró a los ojos y añadió, palabra por palabra, con profunda seriedad:
—Rosalba, no te preocupes, aún somos jóvenes. Primero recupérate bien; el tema de los hijos lo tomaremos con calma, sin prisa.
En ese preciso instante, el corazón de Rosalba se congeló por completo.
Sintió como si un enorme bloque de hielo la arrastrara hacia un océano oscuro y sin fondo.
«La izquierda sigue ahí».
«Todavía tenemos una oportunidad».
Qué mentira tan considerada, tan llena de esperanza.
Él sabía perfectamente que hacía cuatro años, durante aquella supuesta operación de apendicitis, él mismo le había practicado una ligadura de trompas bilateral.
Y ni hablar de la izquierda; ella no tenía absolutamente ninguna posibilidad de concebir de forma natural.
Ese bebé había sido un acto de piedad del destino, un milagro concedido por un error en aquella chapucera cirugía de ligadura.
Pero él acababa de destruir ese milagro con sus propias manos.
Y ahora, pretendía usar una oportunidad que no existía para seguir manteniéndola cautiva, atrapada en esa prisión llamada matrimonio.
—Está bien. —Rosalba bajó la cabeza, evitando su mirada. Su voz fue tan suave que pareció un susurro en sueños—.
—Haré lo que me digas.
Esa actitud dócil y lastimera pareció dejar muy satisfecho a Teobaldo.
Se quedó haciéndole compañía un rato más, le dio a beber medio vaso con agua y le recomendó que descansara bien, hasta que una enfermera entró a revisar la habitación.
—Tengo algunos pendientes en el hospital, vendré a verte mañana a primera hora —dijo Teobaldo poniéndose de pie. Le acomodó las cobijas y su tono volvió a ser el habitual, cálido y afable.
Rosalba asintió con la cabeza, sin mirarlo.
Teobaldo se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

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