—¡Gali! —Dina corrió a esconderse detrás de él—. ¡Es un asesino, estuvo en la cárcel! ¡Aléjate de él!
Galileo se arrepintió al instante de haberla llevado.
Esta niña ingenua se creía cualquier tontería que le dijeran.
—Una disculpa por esto —dijo Galileo—. Es mi hermana menor, Dina. Aún es inmadura. Si te ofendió de alguna manera, te pido que la perdones.
Al reencontrarse con Venancio, Galileo fue en extremo cortés.
Pero Venancio no tuvo reparos.
—Esta jovencita no me ofendió a mí, pero le faltó al respeto a tu esposa de una forma impresionante.
A Nanette no le sorprendió en lo absoluto la franqueza de Venancio.
Habiendo trabajado juntos tantos años, sus salidas impredecibles ya eran el pan de cada día para ella.
Galileo regañó a su hermana, más por compromiso que por otra cosa.
—¡Dina! ¿Ahora qué hiciste?
La chica mintió descaradamente:
—¡Yo no hice nada! Me porté bien, tal como me dijiste.
—Fíjate nada más —chasqueó la lengua Venancio—. Aparte de maleducada, mentirosa. Ay, Galileo, me parece que a tu hermanita le hace falta una buena lección. Si la gente se entera de que el gran líder de la familia Godoy tiene una hermana con tan poca clase, van a ser el hazmerreír de todos.
El orgullo de Galileo se vio herido.
Una cosa era reprender a su familia en privado, pero que un extraño lo humillara en su cara era algo que no le hacía ninguna gracia.
Sin embargo, dada la posición de Venancio, no podía darse el lujo de explotar.
—No sé qué haya hecho mi hermana para hacerte enojar tanto.
Venancio sonrió, entre burlón y serio.
—No estoy enojado, simplemente me da asco la situación. Esta muchachita no le tiene el más mínimo respeto a tu esposa, e incluso la agredió físicamente. Eso... no sé tú, Galileo, pero me parece pasarse de la raya.
Nanette casi suelta una carcajada.
Llamarlo agresión física era llevarlo a los extremos del drama.
Dina saltó a defenderse.
—¡Cuál agresión! ¡No seas exagerado! ¡Solo le di un empujón!
Venancio chasqueó los dedos.
—¿Ves, Galileo? Ya lo admitió.


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