—No pasa nada, al fin y al cabo, no es la primera vez que la familia Godoy me echa la culpa de algo —respondió Nanette.
Galileo se quedó desconcertado por un instante.
—¿Dónde estás? Paso por ti.
—¿A qué vas a pasar por mí? ¿Acaso vamos al registro civil a firmar el divorcio? —dijo ella con frialdad.
Galileo, en una rara muestra de paciencia, contestó:
—Ayer estaba enojado, por eso dije esas cosas.
—Pero sentí que lo decías en serio. Se nota a leguas que te mueres por divorciarte de mí.
—Si de verdad quisiera divorciarme, ya lo habría hecho hace mucho. ¿Por qué me esperaría hasta ahora?
Nanette no supo qué responder. Tenía un buen punto.
Aun así, Nanette sabía perfectamente que la razón por la que Galileo no quería dejarla no era por amor. Ella era simplemente un buen adorno, una fachada perfecta para ocultar su obsesión enfermiza con Yolanda. Al notar su silencio, Galileo insistió:
—¿Qué tengo que hacer para que me creas?
Aprovechando la oportunidad, Nanette soltó un largo suspiro.
—Galileo, sé muy bien que Anatolia e Ivón no me soportan, y no solo porque no he podido darles un hijo, sino porque me la paso sin hacer nada en la casa. ¿Qué te parece si me meto a trabajar a tu empresa?
Galileo casi suelta una carcajada.
—¿Y qué se supone que harías en mi empresa?
—No se te olvide que me gradué de la USL, algo útil podré hacer —respondió ella—. Además, todos estos años me puse a estudiar cosas de informática por ti. Ya no soy una ignorante en el tema, chance y hasta te sirvo de algo.
Galileo se quedó pensando un rato en silencio. En el fondo, la idea no le parecía tan mala. Nanette, viendo que dudaba, siguió presionando:
—Piénsalo bien, Galileo. Ahorita Anatolia e Ivón están viviendo en nuestra casa. Si me la paso ahí todo el día, es obvio que vamos a seguir chocando. Mejor me voy a trabajar y así nos evitamos broncas.
—Pero...



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