Nanette ya había entendido que Quintín dijo eso a propósito para respaldarla. La familia Larco ya no era lo que solía ser, y los Godoy los veían cada vez más para abajo. Pero con la mención de Quintín, los Godoy de repente sintieron respeto por Guillermo.
Nanette sentía que se estaba colgando de la fama ajena, pero gracias a Noel, ahora podía caminar con la frente en alto ante la familia Godoy. Y ya entrada en gastos, decidió aprovechar el momento.
—Quintín y mi papá se trataron en el pasado, son viejos conocidos.
—¿Y por qué nunca me lo habías comentado?
—Yo también me acabo de enterar, le pregunté a mi papá.
—A ver cuándo nuestro papá invita a Quintín y nos juntamos todos a cenar.
¿«Nuestro papá»? Qué buen yerno salió de repente. Antes de eso, Galileo siempre se refería a Guillermo como «tu papá». Quedaba clarísimo que para él, llevarse bien con ella dependía exclusivamente de si le servía de algo o no.
Nanette lo cortó con una excusa:
—Ya veremos cuando se pueda. Quintín acaba de llegar a su puesto en San Lirio, y si lo ven muy de cerquita con nosotros, cenando y tomando, podría ser perjudicial para su imagen.
Galileo pensó que tenía toda la razón.
—Tienes un buen punto, lo dejamos para después. —Se rio—. Al parecer, ya se te bajó el coraje conmigo.
Nanette lo ignoró. Ponerse a fingir e inventar mentiras todo el maldito día era agotador.
—¿Dónde andas? Paso por ti y en la tarde nos vamos juntos a la ceremonia de premiación.
—Me lanzo para allá directo al rato, nos vemos ahí.
Galileo no insistió.
—Va, nos vemos al rato.
Galileo colgó el teléfono, con una sonrisa aún dibujada en los labios. Yolanda, que había estado espiando la conversación, sentía que le ardía la sangre. Sacó al bebé de su cuarto.
—Gali, mira, Mateo quiere que lo cargues.

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