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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 129

Nanette ya había entendido que Quintín dijo eso a propósito para respaldarla. La familia Larco ya no era lo que solía ser, y los Godoy los veían cada vez más para abajo. Pero con la mención de Quintín, los Godoy de repente sintieron respeto por Guillermo.

Nanette sentía que se estaba colgando de la fama ajena, pero gracias a Noel, ahora podía caminar con la frente en alto ante la familia Godoy. Y ya entrada en gastos, decidió aprovechar el momento.

—Quintín y mi papá se trataron en el pasado, son viejos conocidos.

—¿Y por qué nunca me lo habías comentado?

—Yo también me acabo de enterar, le pregunté a mi papá.

—A ver cuándo nuestro papá invita a Quintín y nos juntamos todos a cenar.

¿«Nuestro papá»? Qué buen yerno salió de repente. Antes de eso, Galileo siempre se refería a Guillermo como «tu papá». Quedaba clarísimo que para él, llevarse bien con ella dependía exclusivamente de si le servía de algo o no.

Nanette lo cortó con una excusa:

—Ya veremos cuando se pueda. Quintín acaba de llegar a su puesto en San Lirio, y si lo ven muy de cerquita con nosotros, cenando y tomando, podría ser perjudicial para su imagen.

Galileo pensó que tenía toda la razón.

—Tienes un buen punto, lo dejamos para después. —Se rio—. Al parecer, ya se te bajó el coraje conmigo.

Nanette lo ignoró. Ponerse a fingir e inventar mentiras todo el maldito día era agotador.

—¿Dónde andas? Paso por ti y en la tarde nos vamos juntos a la ceremonia de premiación.

—Me lanzo para allá directo al rato, nos vemos ahí.

Galileo no insistió.

—Va, nos vemos al rato.

Galileo colgó el teléfono, con una sonrisa aún dibujada en los labios. Yolanda, que había estado espiando la conversación, sentía que le ardía la sangre. Sacó al bebé de su cuarto.

—Gali, mira, Mateo quiere que lo cargues.

—Para nada. Después de este relajito me di cuenta de que, en realidad, es bastante razonable. Sí, se enojó porque mi abuela y las demás la juzgaron mal, pero sabe distinguir lo que de verdad importa.

Yolanda se quedó helada. ¿Acaso Galileo estaba defendiendo a esa mujer? En los últimos tres años, no solo nunca le había echado flores, sino que ni siquiera toleraba verla. ¿Por qué de repente...?

Galileo le dio un beso en el cachete al bebé. Verlo crecer le daba la inmensa alegría de un padre. Sin embargo, ese niño jamás podría llamarlo «papá». La sonrisa de Galileo se borró lentamente.

—Yolanda, hay algo que quiero checar contigo.

—¿Qué pasó?

—Mejor no hagamos una fiesta tan grande para el primer mes del bebé.

Yolanda había quedado embarazada apenas dos meses después de que falleciera Martino. Por lo tanto, para ocultar que el hijo que esperaba era de Galileo, Anatolia había organizado todo meticulosamente. El día del parto no le avisaron a nadie para evitar sospechas con los tiempos. Así que la fiesta no podía ser muy escandalosa; simplemente las familias Godoy y Camoso se juntarían para comer algo tranquilo.

Yolanda hizo un puchero.

—Pero es la celebración del primer mes de nuestro bebé. Siento que no es justo para él.

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