Galileo trató de consolarla:
—Es solo su primer mes. Faltan todos sus cumpleaños de aquí en adelante, para esos sí echaremos la casa por la ventana.
Yolanda se emocionó.
—Entonces me tienes que prometer que vas a estar en todos sus cumpleaños.
—Claro que sí, no me los perdería.
Yolanda estuvo a punto de lanzarse a sus brazos, pero Galileo agregó:
—Al fin y al cabo, soy su tío.
A Yolanda se le vino el mundo encima.
—Ah, por cierto, te tengo que comentar otra cosa.
—Dime —respondió ella, sin prestarle mucha atención.
—Ya acepté que Nanette vaya a trabajar a la empresa. Así se distrae y evitamos que siga habiendo roces con mi abuela y las demás. Y tú tampoco te hagas ideas raras en la cabeza.
»Nanette no es rencorosa, no te va a agarrar coraje. Te estás armando un cuento tú sola. Somos familia, a partir de ahora hay que tenernos paciencia y tratar de llevar la fiesta en paz.
Yolanda se mordió el labio, haciendo un esfuerzo enorme por no llorar. Cada vez entendía menos a Galileo. Apenas la noche anterior no soportó verla humillarse y se la llevó a la fuerza, sin importarle pisotear el orgullo de Nanette. Eso significaba que le importaba, ¿no? Pero con lo que acababa de decir, parecía que ella le daba igual.
Estuvo a punto de reclamarle ahí mismo, pero fue lista y se aguantó las ganas. No podía precipitarse ni regarla abriendo la boca de más. A Galileo no le gustaba que lo arrinconaran. Además, su propio padre le había prometido que le echaría la mano.
Tragándose su coraje, fingió una sonrisa sumisa.
—Sí, ya entendí. No te apures, Gali, me voy a portar bien con Nanette.
El bebé en sus brazos empezó a quedarse dormido. Galileo se lo entregó a la niñera. Luisa, la empleada, se acercó para avisarle:
—Señor Galileo, la señorita sigue sin querer comer y está haciendo un berrinche en su cuarto.
Galileo frunció el ceño.


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