Galileo trató de consolarla:
—Es solo su primer mes. Faltan todos sus cumpleaños de aquí en adelante, para esos sí echaremos la casa por la ventana.
Yolanda se emocionó.
—Entonces me tienes que prometer que vas a estar en todos sus cumpleaños.
—Claro que sí, no me los perdería.
Yolanda estuvo a punto de lanzarse a sus brazos, pero Galileo agregó:
—Al fin y al cabo, soy su tío.
A Yolanda se le vino el mundo encima.
—Ah, por cierto, te tengo que comentar otra cosa.
—Dime —respondió ella, sin prestarle mucha atención.
—Ya acepté que Nanette vaya a trabajar a la empresa. Así se distrae y evitamos que siga habiendo roces con mi abuela y las demás. Y tú tampoco te hagas ideas raras en la cabeza.
»Nanette no es rencorosa, no te va a agarrar coraje. Te estás armando un cuento tú sola. Somos familia, a partir de ahora hay que tenernos paciencia y tratar de llevar la fiesta en paz.
Yolanda se mordió el labio, haciendo un esfuerzo enorme por no llorar. Cada vez entendía menos a Galileo. Apenas la noche anterior no soportó verla humillarse y se la llevó a la fuerza, sin importarle pisotear el orgullo de Nanette. Eso significaba que le importaba, ¿no? Pero con lo que acababa de decir, parecía que ella le daba igual.
Estuvo a punto de reclamarle ahí mismo, pero fue lista y se aguantó las ganas. No podía precipitarse ni regarla abriendo la boca de más. A Galileo no le gustaba que lo arrinconaran. Además, su propio padre le había prometido que le echaría la mano.
Tragándose su coraje, fingió una sonrisa sumisa.
—Sí, ya entendí. No te apures, Gali, me voy a portar bien con Nanette.
El bebé en sus brazos empezó a quedarse dormido. Galileo se lo entregó a la niñera. Luisa, la empleada, se acercó para avisarle:
—Señor Galileo, la señorita sigue sin querer comer y está haciendo un berrinche en su cuarto.
Galileo frunció el ceño.
Al escuchar aquel insulto, Galileo perdió la paciencia por completo.
—¡Dina! ¡Es la última vez que te lo digo, más vale que le hables a Nanette con respeto! ¡Grábatelo bien, ella siempre será mi esposa!
Ciega de rabia, a Dina no le importó nada y soltó la lengua.
—¡A mí me vale, yo quiero a Yolanda! De todos modos Martino ya está muerto, tú y Yolanda ya hasta tuvieron un hijo. ¡Divórciate de esa vieja y cásate con Yolanda de una buena vez!
»¡Además, mi abuela y las demás quieren lo mismo, no me digas que no te has dado cuenta!
—¡Ya cállate!
—¡No me voy a callar! —Dina había perdido toda la cordura—. ¿Me ves cara de estúpida? ¡Crees que no sé de dónde salió el teatrito ese de que tú y Yolanda tuvieron un hijo! ¿Cuál esperma congelado ni qué nada? ¡Ustedes se acostaron y punto!
Galileo se quedó pasmado.
—Tú... ¿cómo te enteraste?

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