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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 131

Después de un buen rato, Dina por fin recuperó la razón.

Galileo la fulminó con la mirada.

—Te estoy hablando. ¿Cómo te enteraste?

Lo de la relación entre Galileo y Yolanda solo lo sabían Anatolia e Ivón.

Como Dina todavía era muy joven, se lo habían ocultado.

Solo le dijeron que Yolanda estaba embarazada porque había usado el esperma congelado de Galileo para dejarle descendencia a Martino.

Dina empezó a tartamudear.

La paciencia de Galileo tenía un límite.

—¡Habla! ¿Cómo diablos te enteraste?

—Yo... los escuché platicar a ti y a Yolanda el otro día... —respondió Dina.

Galileo sintió el impulso de soltarle un golpe.

Pero era su hermana; simplemente no podía hacerle eso.

Tras tranquilizarse un poco, le advirtió con severidad:

—No le puedes decir esto a nadie, ¿me oíste?

Dina tampoco era ninguna tonta.

—Obvio que lo sé, nunca le he dicho a nadie.

A Galileo se le apretó el pecho, como si algo le estuviera cobrando factura.

—Mucho menos a Nanette.

Dina lo miró, llena de confusión.

—¿Que esa mujer no lo sabía desde hace tiempo?

Galileo se quedó helado.

—¿Qué dijiste?

Al ver la cara de su hermano, Dina se acobardó un poco y terminó confesando todo.

—Es que, aquella vez, como vi que se llevaba muy bien con ese tal Venancio, pensé que a lo mejor tenían un lío, así que aproveché que se distrajo y me metí a escondidas a su cuarto.

»Y resultó que, en un cajón, vi una foto.

A Galileo se le subió el corazón a la garganta.

—¿Qué... qué foto?

Félix pegó un grito de dolor y el celular se le cayó al piso.

—¡¿Qué te pasa?! —reclamó Félix, sobándose el golpe.

Nanette no se guardó nada y le soltó varios golpes más. Félix brincó como chapulín y salió corriendo descalzo.

—¡Híjole, qué no puedes hablar las cosas por las buenas! ¡Estás loca!

Como pensaba en su embarazo, Nanette no lo persiguió.

Desde lejos, agarró un libro que tenía a la mano y se lo aventó.

Félix logró esquivarlo con la cabeza, pero no con el cuerpo.

La esquina del libro le pegó en el hombro, sacándole otra mueca de dolor.

Eloísa y Guillermo salieron corriendo al escuchar el alboroto.

Al ver la escena, Guillermo no reaccionó mucho; solo pensó que seguro su hijo había vuelto a meter la pata.

Pero a Eloísa casi le da un infarto; corrió a revisar si Félix estaba herido.

—¡Nanette! ¡¿Estás loca?! ¡¿Te das cuenta de lo que haces?! ¡¿Cómo te atreves a pegarle a mi hijo?!

Nanette se acercó empuñando el plumero.

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