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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 134

Guillermo suspiró y no dijo más.

Nanette notó algo raro en la conversación, pero no le dio muchas vueltas; simplemente asumió que esa «deuda» de la que hablaba Guillermo se refería a los más de veinte años de injusticias que había aguantado en la familia Larco.

Félix no se esperaba que la situación llegara a tanto y no sabía qué hacer.

—Papá, no me digas que traes a otra.

En cuanto soltó eso, Nanette le acomodó una patada.

Félix se quejó del dolor.

—¡Pues entonces por qué se quiere divorciar de mi mamá y dejarle todo! ¡Ni que estuviera loco!

Guillermo miró a su hijo con total decepción.

—Ya estás grandecito, si sigues de baquetón, así te deje toda mi fortuna, no te va a alcanzar para nada. Vas a acabar en la calle.

Dicho esto, se dirigió a Nanette, con el rostro lleno de culpa.

—Nanette, tu padre es un inútil, perdóname. Has sido mi hija por veintiocho años, y yo no he sabido cumplir con mi deber de padre, no te supe proteger.

»Yo creí que si te casabas con el hombre que querías, tu vida iba a mejorar, pero nunca imaginé...

—Nanette —continuó Guillermo, con los ojos llorosos—. Si estás harta de aguantar a la familia Godoy, vete. Deja a Galileo, búscate a un hombre que te quiera de verdad, que te entienda, que te valore, y haz tu vida con él.

»Nanette, si no logras ser feliz, yo no voy a poder descansar en paz.

—Papá... —A Nanette se le cerró la voz, pero el coraje la sostuvo de pie.

Eloísa se le fue encima y la agarró del cuello de la blusa.

—¡Todo esto es por tu culpa! ¡Cada vez que pones un pie en esta casa, nos arruinas la vida a todos! ¡Nanette! ¡Eres la maldición de la familia Larco! ¡Nos estás destruyendo!

A Nanette se le apretó el pecho como si le faltara el aire. Le dolía demasiado.

Y le recorrió un frío horrible: esa casa no era un hogar, era un lugar que te congelaba por dentro.

¡Pum!

Se escuchó un golpe seco. Ante los gritos de todos, Guillermo se tambaleó, se golpeó contra la esquina de la mesa y cayó al piso.

Los gritos se detuvieron en seco.

Un silencio aterrador y un presentimiento de muerte se apoderaron de ellos.

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