Eloísa también se moría de la frustración.
—¡Ay, de veras, contigo no se puede! ¡Tu hermana ya está casada, lo que pase entre ella y los Godoy es bronca suya, tú qué te tienes que estar metiendo!
Nanette sintió una punzada directa en el pecho.
A estas alturas, lo único que todavía lograba lastimarla era ese escaso vínculo familiar.
Guillermo no soportó más.
—¡Eloísa! ¡Qué cosas dices! ¡Nanette ya se habrá casado, pero sigue siendo nuestra hija!
—¡Yo nunca dije que no fuera nuestra hija! —se defendió Eloísa—. ¡A lo que me refiero es a que esos son sus problemas matrimoniales y no nos toca meternos!
—¿Cómo que no nos toca...?
—¡Y otra cosa! —Eloísa conectó los puntos en su cabeza—. Félix siempre ha sido un buen muchacho. Sí, es un poco rebelde, pero nunca se había agarrado a golpes con nadie. Hasta me da por pensar que fuiste tú la que lo sonsacó para que hiciera esto, y ahora vienes a fingir que lo regañas, para que cuando los Godoy se enteren, le eches toda la culpa a él.
Al ver la actitud irracional de Eloísa, a Nanette se le quitaron las ganas de discutir.
Desde la secundaria la habían metido a un internado.
En la universidad, prefería trabajar medio tiempo antes que regresar a casa.
Era su manera de huir de Eloísa.
Porque sus comentarios te dejaban temblando por dentro.
—¡Eloísa! ¡Ya te pasaste! —Guillermo temblaba de coraje—. ¡¿Cómo se te ocurre pensar eso de nuestra hija?! Tú eres su madre, ¿a poco no conoces cómo ha sido desde chiquita?
Eloísa soltó un bufido.
—Uno nunca termina de conocer a la gente. Tú sabrás.
—¡Tú...! —Guillermo casi se queda sin palabras, levantando el dedo tembloroso hacia ella—. Eloísa, está clarísimo que el que la regó fue tu propio hijo, ¡¿cómo te atreves a...?!
—¡¿Mi propio hijo?! ¡¿Acaso no es el tuyo también?!
La furia cegó a Eloísa y habló sin pensar.
—Hasta se me hace raro: te vale madres tu hijo de sangre, pero bien que te preocupas por la que no es...
¡Plaf!
Una fuerte bofetada le cruzó la cara a Eloísa.

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