Nanette se dio la vuelta poco a poco.
El hombre frente a ella era elegante y tenía una expresión suave, aunque el largo abrigo negro que llevaba puesto le daba un toque ligeramente imponente.
Se plantó frente a ella con una calma inesperada y le dijo con firmeza:
—Guillermo va a despertar.
Nanette ya no pudo aguantar más y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sin parar.
Noel se movió un poco para taparla y ocultarla de las miradas de los curiosos que pasaban.
Nanette se dejó proteger por él y lloró con todas sus fuerzas.
Estaba aterrada.
Aterrada de que las palabras de Galileo se hicieran realidad y su papá nunca abriera los ojos.
Pero también sentía mucho coraje.
¡Se odiaba a sí misma por haberse enamorado de Galileo!
Cuando una mano firme pero delicada le limpió las lágrimas de la cara, Nanette se dio cuenta de que había perdido la compostura.
Se frotó los ojos y respiró hondo un par de veces.
—No entiendo por qué mi papá nunca me platicó que Galileo quería comprar la compañía.
Noel la miró; había una sombra de pesadez en su rostro.
—Probablemente no quería meter problemas en tu matrimonio, o tal vez solo quería ahorrarte una preocupación.
—¡Ja! ¿Matrimonio? ¿Cuál matrimonio? Creí que el único problema era que no me amaba, pero nunca me imaginé que también le trajera ganas a Grupo Larco.
Justo al terminar de hablar, sintió un dolor agudo en el vientre.
Nanette se agarró el estómago y se encorvó.
Noel se alarmó de inmediato.
—¿Qué tienes?
Nanette estaba adolorida y asustada.
—Me... me duele la panza.
A Noel ya no le importaron los modales.
—Con permiso.

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