Nanette se dio la vuelta poco a poco.
El hombre frente a ella era elegante y tenía una expresión suave, aunque el largo abrigo negro que llevaba puesto le daba un toque ligeramente imponente.
Se plantó frente a ella con una calma inesperada y le dijo con firmeza:
—Guillermo va a despertar.
Nanette ya no pudo aguantar más y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sin parar.
Noel se movió un poco para taparla y ocultarla de las miradas de los curiosos que pasaban.
Nanette se dejó proteger por él y lloró con todas sus fuerzas.
Estaba aterrada.
Aterrada de que las palabras de Galileo se hicieran realidad y su papá nunca abriera los ojos.
Pero también sentía mucho coraje.
¡Se odiaba a sí misma por haberse enamorado de Galileo!
Cuando una mano firme pero delicada le limpió las lágrimas de la cara, Nanette se dio cuenta de que había perdido la compostura.
Se frotó los ojos y respiró hondo un par de veces.
—No entiendo por qué mi papá nunca me platicó que Galileo quería comprar la compañía.
Noel la miró; había una sombra de pesadez en su rostro.
—Probablemente no quería meter problemas en tu matrimonio, o tal vez solo quería ahorrarte una preocupación.
—¡Ja! ¿Matrimonio? ¿Cuál matrimonio? Creí que el único problema era que no me amaba, pero nunca me imaginé que también le trajera ganas a Grupo Larco.
Justo al terminar de hablar, sintió un dolor agudo en el vientre.
Nanette se agarró el estómago y se encorvó.
Noel se alarmó de inmediato.
—¿Qué tienes?
Nanette estaba adolorida y asustada.
—Me... me duele la panza.
A Noel ya no le importaron los modales.
—Con permiso.
A Nanette se le heló la sangre. Estaba tan avergonzada que ni siquiera se atrevía a mirar a Noel.
Noel se quedó mudo por unos segundos al escuchar las palabras del doctor.
Al salir del consultorio, Nanette fingió que no había pasado nada. Afortunadamente, Noel no le hizo preguntas al respecto.
Eso la dejó respirar más tranquila.
Noel cambió de tema:
—Conozco a un especialista cardiovascular que maneja tratamientos alternativos y medicina moderna. Ha sacado adelante a muchos pacientes con casos similares. Tal vez valdría la pena intentarlo.
Nanette lo vio como un salvavidas y, sin darse cuenta, le agarró la muñeca.
—¿En serio? ¿Dónde está? Voy a buscarlo ahorita mismo.
—En un hospital rural.
—¿En un hospital rural?
Noel se lo explicó:
—El doctor Virgilio trabajaba en un hospital de primer nivel. Cuando se jubiló, quisieron recontratarlo, pero él no aceptó. Quería ayudar a la gente humilde que no tiene para pagar especialistas, así que se fue por su cuenta a dar consulta a una clínica comunitaria en las afueras. Todos los días llega muchísima gente a buscarlo, así que conseguir una cita con él es casi imposible.

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