Se hizo un silencio sepulcral en la habitación.
Anatolia e Ivón se miraron, pálidas.
Pensaban que Nanette no sabía la verdad.
No se esperaban que lo supiera desde hace tiempo.
Y mucho menos que se atreviera a soltarlo así, sin ningún filtro frente a todos.
Nanette estaba dispuesta a que todo ardiera.
—Se la han pasado buscando la forma de correrme de la familia, todo para que Yolanda pueda tomar mi lugar y convertirse en la señora de la casa.
—Por mí está bien, no tengo problema.
Bajo la mirada atónita de todos, Nanette se mantuvo firme y tranquila.
—En el momento en que mi esposo venga a pedirme el divorcio en persona, se lo daré sin dudarlo, pero...
Nanette resopló.
—Tampoco soy un trapo que puedan pisotear a su antojo. Puedo dejar de ser parte de esta familia, pero por todas las injusticias, humillaciones y el daño que me han causado en estos tres años...
La mirada se le endureció, filosa y sin vuelta atrás.
—Me las van a pagar, una por una, aunque les arda.
El mensaje era clarísimo.
Si la hundían, se los llevaba por delante.
Anatolia casi se infarta del coraje, pero no encontraba las palabras para responder.
Incluso Ivón, que siempre tenía la lengua tan suelta para criticar, se quedó muda.
No era tonta.
Sabía exactamente qué significaban las amenazas de Nanette.
Si la acorralaban, el trapo sucio de los Godoy saldría a la luz.
Y entonces, serían el hazmerreír de todo San Lirio.
En ese momento, Nanette dejó de ser la nuera sumisa y fácil de manipular que siempre habían visto.
Se había convertido en alguien que tenía el control de la situación, advirtiéndoles sin una pizca de miedo que tuvieran cuidado.
Yolanda agarró la mano de Nanette, poniendo cara de víctima desconsolada.
—Nanette, todo fue mi culpa. Fui yo quien le suplicó a Gali y a la abuela. Ellos me vieron sufrir y por eso aceptaron ayudarme. Si vas a enojarte, que sea con...


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