Su comentario sonó muy al estilo de Camila.
—Noel.
Se escuchó la voz suave de una mujer a través del teléfono, con un marcado acento de Puerto Alba.
Venancio captó la indirecta y quiso cortar la llamada.
—Ya te cuelgo.
Pero Noel lo interrumpió:
—Regreso mañana.
—¿Tan pronto? Descansa un rato. Por acá todo va a estar bien, no te apures.
—Es que mañana tengo una junta importante con los nuevos técnicos para el desarrollo del sistema.
De pronto, a Venancio se le ocurrió algo y sonrió con malicia.
—Oye, ya que Camila está en tu empresa, hazme un paro.
—Tú dirás.
—Tráela en chinga, que sufra.
Noel se quedó sin palabras.
Jovita entró en una silla de ruedas.
—¿Te regresas mañana?
Noel guardó su celular.
—Sí.
—¿Tan rápido?
—Tengo pendientes en la empresa.
Jovita le tendió la mano.
—Ayúdame.
Hacía un momento, cuando tuvo que ir al baño, Noel había sentido que no era apropiado ayudarla, así que dejó que la enfermera la llevara.
Entre ellos nunca había existido ningún tipo de contacto físico íntimo, y a Jovita también le pareció incómodo, así que no le dio muchas vueltas.
Aun así, en ese momento sintió que entre ellos había un abismo. Pensó que Noel se acercaría con esa confianza que se supone que tienen los prometidos.
Para su sorpresa, él solo la sostuvo del brazo para ayudarla a pasar a la cama. A Jovita se le atoró una risa amarga.
—Noel, estamos comprometidos. ¿Todavía nos vamos a andar con esas formalidades de mantener la distancia?
La expresión de Noel se mantuvo inalterable, imposible saber qué estaba pensando.
Pero su respuesta fue brutalmente honesta.
—Es que no estoy acostumbrado.

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