Pero nunca había pensado en llegar al extremo de romper relaciones.
Sobre todo con lo del préstamo, Eloísa se había dado cuenta de que Nanette tampoco era tan inútil.
Quién quita y en un futuro hasta le servía a la familia Larco.
Eloísa tartamudeó un rato y luego bajó el tono de voz.
—¿Cuándo dije yo que quería cortar lazos contigo? Esas son puras ideas tuyas.
Nanette soltó una carcajada seca y sin gracia.
—¿Te da miedo que, si cortamos lazos, ya no me vas a poder usar a tu conveniencia?
Eloísa sintió una punzada de culpa.
Había adivinado exactamente lo que estaba pensando.
—Lo que en verdad te quiero decir... —Nanette dejó escapar un suspiro casi inaudible, profundamente decepcionada—.
»Es que no soy tan pendeja como crees. Si no peleo por lo mío es porque sé perfectamente cuál es mi lugar en esta casa.
»Y si no exijo nada, es porque tengo a mi papá que me quiere mucho, y no quiero meterlo en problemas.
»Pero si me da la gana de pelear por lo que es mío, créeme que no me vas a poder parar.
Hablaba sin levantar la voz, pero con una actitud tan intimidante que imponía un respeto absoluto.
Eloísa ya no estaba segura.
Dudaba si la persona con la que hablaba era la misma hija a la que había criado durante veintiocho años.
Se quedó callada, asimilando el golpe.
—Nanette...
—No me llames así —la interrumpió sin piedad—. No finjas ser una buena madre después de haberme agarrado a cachetadas, diciéndome cositas lindas como si me estuvieras haciendo un favor. Me haces creer que yo también tengo a una mamá que me quiere.
Eloísa se moría de ganas de soltarle un grito.
Pero por alguna razón, no podía.
No podía rebatir absolutamente nada de lo que Nanette acababa de decir.
Porque todo era verdad.
Sabía que había fallado como madre y que la diferencia en el trato entre los dos hermanos era evidente.
Todo se reducía a una simple verdad: Nanette no llevaba su sangre.
Por eso sentía rechazo hacia ella.
Una barrera infranqueable.
No era hija suya, así que, por más que intentara, le costaba trabajo sentir algún tipo de cariño.

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