Galileo vio a Melba y se quedó congelado en la puerta.
—¿Melba?
Melba tenía el disgusto pintado en la cara, pero por costumbre lo saludó:
—Señor Galileo.
—¿Qué haces aquí? ¿Y qué te pasó en el brazo? —preguntó Galileo.
Melba recordó la excusa que Nanette le había dicho que usara.
—Me caí por accidente y me fracturé el brazo. Fue la... fue la señora Nanette quien se compadeció de mí. Dijo que, al fin y al cabo, yo soy la persona que vio crecer al señor Galileo, así que me trajo aquí para que me recupere y, de paso, tenga algo que comer.
Esas palabras hicieron que Galileo se sintiera tan avergonzado como conmovido.
Avergonzado porque solo pudo quedarse mirando cómo echaban a Melba a la calle, eligiendo no mover ni un dedo.
Y conmovido por lo que Nanette había hecho.
Así que, al ver la cara hinchada de Nanette, algo se le apretó por dentro. Galileo se sentó junto a ella y le habló con una ternura inusual:
—¿Por qué no me dijiste que habías traído a Melba?
Nanette no se sorprendió en lo absoluto por su llegada y le respondió con el rostro inexpresivo:
—Solo hice lo que tenía que hacer, no lo hice para colgarme una medalla.
—Sé que lo hiciste por mí, Nanette. Yo sí veo lo que haces, aunque no lo diga.
¿Que se da cuenta?
A Nanette le dieron ganas de reírse a carcajadas.
¿De verdad se daba cuenta?
Si de verdad se daba cuenta de las cosas, ¿cómo podía ser tan desalmado?
¿O acaso sí lo veía todo, pero prefería hacerse de la vista gorda?
Después de todo, Galileo siempre ponía en la balanza los pros y los contras antes de actuar.
Galileo levantó la mano y le acarició suavemente la mejilla.
—¿Te duele?
—Luis me pegó con todas sus fuerzas, ¿tú qué crees?

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