Una chispa de crueldad cruzó por los ojos de Galileo.
—Melba, bájate por ahora. Tengo que hablar con Nanette, y no entres a menos que yo te lo pida.
—Entonces cuide bien de la señora, que se siente muy mal —murmuró Melba.
—Sí.
En cuanto Melba se fue, Galileo abrazó a Nanette.
—¿Cómo quieres que te compense?
Nanette se quedó tiesa, dejándose abrazar.
—No hace falta.
—Al rato te deposito para que te compres algo y te des un gusto.—dijo Galileo—. Sé que lo de Melba te debió costar una buena lana, seguro ya te quedaste sin nada.
Nanette pensó: «En eso sí tiene razón: ando sin un peso».
—¿Cuánto piensas transferirme? —preguntó ella a propósito.
—¿Cuánto quieres?
Nanette levantó dos dedos intencionalmente.
Con lo codo que era Galileo, doscientos mil pesos de gasto ya era su límite máximo.
Sin embargo, Galileo sonrió de repente.
—¿Doscientos mil o veinte millones?
Nanette simplemente puso los ojos en blanco y se zafó de su abrazo como si estuviera haciendo un berrinche.
—Quédatelos tú.
El ceño de Galileo se relajó y le alborotó el cabello con cierta ternura.
—Veinte millones de pesos. Al rato te los deposito en tu cuenta.
¡Veinte millones!
¿Había escuchado bien?
Nanette se quedó de una pieza.
—¿Veinte millones?
Galileo le tomó la mano.
—¿Se te hace mucho o muy poco?
—Es que me sorprende. Antes nunca me dabas tanto dinero.
Nanette se dio cuenta de que, últimamente, Galileo buscaba más el contacto físico con ella.
Parecía que le gustaba acercarse, tocarla.

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