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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 157

Una chispa de crueldad cruzó por los ojos de Galileo.

—Melba, bájate por ahora. Tengo que hablar con Nanette, y no entres a menos que yo te lo pida.

—Entonces cuide bien de la señora, que se siente muy mal —murmuró Melba.

—Sí.

En cuanto Melba se fue, Galileo abrazó a Nanette.

—¿Cómo quieres que te compense?

Nanette se quedó tiesa, dejándose abrazar.

—No hace falta.

—Al rato te deposito para que te compres algo y te des un gusto.—dijo Galileo—. Sé que lo de Melba te debió costar una buena lana, seguro ya te quedaste sin nada.

Nanette pensó: «En eso sí tiene razón: ando sin un peso».

—¿Cuánto piensas transferirme? —preguntó ella a propósito.

—¿Cuánto quieres?

Nanette levantó dos dedos intencionalmente.

Con lo codo que era Galileo, doscientos mil pesos de gasto ya era su límite máximo.

Sin embargo, Galileo sonrió de repente.

—¿Doscientos mil o veinte millones?

Nanette simplemente puso los ojos en blanco y se zafó de su abrazo como si estuviera haciendo un berrinche.

—Quédatelos tú.

El ceño de Galileo se relajó y le alborotó el cabello con cierta ternura.

—Veinte millones de pesos. Al rato te los deposito en tu cuenta.

¡Veinte millones!

¿Había escuchado bien?

Nanette se quedó de una pieza.

—¿Veinte millones?

Galileo le tomó la mano.

—¿Se te hace mucho o muy poco?

—Es que me sorprende. Antes nunca me dabas tanto dinero.

Nanette se dio cuenta de que, últimamente, Galileo buscaba más el contacto físico con ella.

Parecía que le gustaba acercarse, tocarla.

Nanette lo miró estupefacta, sintiendo que la sangre le hervía del coraje.

Pero decidió cerrar la boca.

Si Galileo le creía ciegamente a Yolanda, pues allá él.

La verdad, le daba mucha curiosidad ver cómo iba a reaccionar cuando descubriera que, en efecto, le habían puesto unos buenos cuernos.

Nanette fingió sentirse mal.

—Me da vueltas la cabeza, quiero dormir un rato.

Galileo iba a quedarse un poco más, pero justo en ese momento le entró una llamada de Anatolia.

Él asintió un par de veces y colgó.

—La abuela me busca.

Nanette ya se imaginaba por qué.

—Si no quieres regresar a la casa en estos días, quédate aquí. Vendré a verte cuando tenga tiempo.

Antes de irse, Galileo la miró unos segundos, como si aún tuviera algo atorado en la garganta.

Nanette, directa al grano, le preguntó:

—¿Te faltó decir algo?

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