Galileo guardó silencio un par de segundos.
—Ese tal Venancio...
—Es un compa de la universidad —la atajó Nanette.
Y en cuanto a lo demás, que Galileo pensara lo que quisiera.
Mientras más explicaciones diera, más se iba a enredar la cosa.
Además, con las cosas que Venancio había dicho ese día, no era de extrañar que Galileo lo malinterpretara.
—Por lo que vi, parece que le gustas bastante.
Nanette respondió, indiferente: —Fuimos a la misma universidad, nada más. Somos amigos. No tengo la costumbre de ponerle los cuernos a mi esposo.
Galileo frunció el ceño, apretó la mandíbula y se contuvo de armar un escándalo.
—No te juntes tanto con él en el futuro.
Nanette ni siquiera le contestó.
«Ah, claro, la ley del embudo: él hace lo que quiere, pero a los demás los juzga».
—Bueno, ya me voy.
—Mi papá... —dijo Nanette de pronto.
Galileo se dio la vuelta.
—¿Qué pasa con él?
Nanette forzó una sonrisa, que salió más bien fría.
—Mi papá va a despertar, ¿verdad?
Galileo se quedó desconcertado por un segundo.
—Por supuesto, los especialistas que contraté llegan en unos días.
—No hace falta, ya encontré a los expertos adecuados.
—Está bien. Con lo avanzada que está la medicina hoy en día, seguro se recupera.
Lo dijo con una actitud que dejaba claro lo poco que le importaba.
Nanette lo vio irse y se le quedó una risa fría, de esas que arden. Melba no salió hasta asegurarse de que Galileo ya estaba lejos.
—Señorita, ¿está bien?
Nanette se recostó en el sofá, con un brazo debajo de la cabeza y un destello de tristeza en la mirada.
—Estoy bien, solo muy cansada.
Melba se agachó y, con su mano buena, le acarició el cabello con una ternura infinita.
—Yo sé lo duro que es romperse el lomo sola en la vida, sin que a nadie le importe.
»Pero no se preocupe, mi niña. Todo va a estar bien. Ya vio que aquí me tiene para cuidarla, y también tiene a Venancio y a Camila, que son tan buenos amigos y se preocupan por usted.
»Ah, y también está ese muchacho, Noel. Él se ha portado muy bien con usted.
»Así que no tenga miedo, mi niña, aquí estamos con usted. Aunque yo ya esté vieja, daría mi vida para protegerla.
A Nanette se le hizo un nudo en la garganta y casi se pone a llorar.

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