—Estamos discutiendo un asunto privado entre exesposos. ¿Acaso el señor Lenso no tiene nada mejor que hacer?
¡Cómo detestaba que ese tipo apareciera en todas partes!
Venancio levantó la barbilla, señalando hacia atrás.
—¿Tu prometida no te está esperando por allá?
Galileo giró la cabeza y vio a Yolanda parada a unos metros de distancia, con expresión lastimera. En realidad, Yolanda estaba hirviendo de furia por dentro; le había costado no salir corriendo a separarlos a tirones.
Resignado, Galileo se acercó a ella.
—Te dije que me esperaras. ¿Por qué subiste?
Yolanda abrió la boca, reprimiendo toda su rabia de golpe. Su padre tenía razón: ella había cometido errores peores; no estaba en posición de hacerse la víctima. Mientras lograra casarse con él y asegurar su puesto en la familia Godoy, estaba dispuesta a hacerse la de la vista gorda.
Después de convencerse a sí misma, Yolanda esbozó una sonrisa dulce y empalagosa.
—Vi que te demorabas mucho y me preocupé. Quise subir a verte y, de paso, saludar a la señorita Larco. Después de todo, nos conocemos de hace tiempo, ¿no?
»Pero creo que interrumpí algo. Gali, no te enojas conmigo, ¿verdad?
La justificación sonaba tan razonable y dócil que, aunque Galileo hubiera querido enojarse, no tenía motivos. Y con Venancio ahí, era obvio que ya no podría sacarle más información a Nanette, así que decidió retirarse.
—Ya terminamos de hablar. Vámonos.
Yolanda se aferró a su brazo como una garrapata.
—Sí, vamos a casa. Tenemos que dormir temprano hoy; mañana debemos estar radiantes para las pruebas del vestido de novia.
Lo dijo con toda la intención de herir a Nanette. Por suerte, a ella no se le movió ni un solo pelo.
Una vez que la pareja desapareció por el pasillo, Venancio tomó la mano de Nanette y examinó su muñeca. Estaba enrojecida.
Sacó su teléfono de inmediato.
—Tengo que tomarle una foto a esto y mandársela a Noel.
Nanette escondió las manos detrás de la espalda.
—Déjate de tonterías. Noel se pasó todo el día lidiando con lo de la exposición, déjalo que descanse tranquilo.
Venancio guardó el celular con una mueca.
—Tienes razón. Mejor no le decimos nada, si no, se va a poner a sufrir por ti otra vez.
Nanette ladeó la cabeza, entre divertida y exasperada.
Venancio se quedó pasmado.
—¿Hablas en serio? ¡Te partiste la espalda para recuperar esa empresa!
Nanette suspiró con pesadez.
—Lo único que me importaba era que la empresa no cayera en manos de gente en la que no confío. Y tú... en ti confío plenamente.
Esa simple frase le llegó a Venancio directo al corazón.
—Ya, ya, cálmate. Era broma. Solo acepté este trabajo por ti. Si tú te largas, yo renuncio mañana mismo.
Nanette intentó insistir, pero él le pasó un brazo por los hombros en un gesto fraternal.
—No te sientas mal. Ni te imaginas lo mucho que disfruto ser testigo de primera fila de tu encanto personal. Aunque no puedo tenerte, verte todos los días no está nada mal.
Nanette no aguantó más y soltó una carcajada.
—De verdad que eres un caso perdido...
No había manera de describirlo.

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