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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 365

En ese momento, Sabina le envió un mensaje.

[Nanette, cariño, ¿te gustaría venir a cenar con nosotros este fin de semana?]

Nanette no lo pensó dos veces y le contestó enseguida.

[Por supuesto, madrina. Ahí estaré.]

Desde que había sido adoptada como ahijada, sentía que había ganado una verdadera familia. Sabina era tan atenta y amorosa que a Nanette le costaba creer que todo fuera real.

Venancio estiró el cuello para husmear en la pantalla, sin ningún respeto por el espacio personal.

—¿Quién te escribe?

Nanette le mostró la pantalla directamente.

—Mi madrina. Me invitó a cenar este fin de semana.

Venancio torció los labios.

—Ah, la tía de Noel. Eso significa que él también va a ir.

Nanette parpadeó, sorprendida; no lo había considerado.

—No estoy segura.

Venancio volvió a su actitud de donjuán desvergonzado.

—Pues pregúntale y ya.

Tenía lógica.

Venancio se dio la media vuelta y empezó a caminar hacia la salida.

—¿Ya te vas así nomás? —le preguntó Nanette.

Él le contestó sin voltear:

—Pues claro, ¿qué quieres, que me quede aquí a ver cómo derraman miel?

Nanette negó con la cabeza, riendo por lo bajo. A ese hombre le era imposible soltar una frase sin buscarle el doble sentido.

Abrió el chat con Noel y le mandó un mensaje rápido.

[Mi madrina me invitó a cenar el fin de semana.]

Noel no tardó ni un minuto en contestar.

[Sí, mi tía me avisó. Yo también iré.]

[Oh, perfecto.]

[Es el cumpleaños de mi tía.]

En el trayecto de regreso, Galileo estaba completamente absorto en sus pensamientos. Fragmentos de recuerdos, antes irrelevantes, empezaron a encajar en su mente. Era como si un secreto gigantesco y perturbador estuviera a punto de salir a la luz.

¿Pero qué podía ser? ¿Cuántas vidas ocultas tenía esa mujer?

Con Yolanda sentada a su lado, Galileo no podía decirle mucho a Silvio, así que se tragó la inquietud hasta llegar a la mansión de Cumbres de la Reina.

Galileo acompañó a Yolanda a su habitación. Ella se quitó el abrigo, le rodeó el cuello y se pegó a él con una confianza aprendida a fuerza de insistir.

Por desgracia, Galileo no sentía la más mínima chispa de deseo.

La última vez que se habían acostado en casa de los Camoso, él había tenido que hacer un esfuerzo monumental para terminar. El cuerpo que tenía debajo era el de Yolanda, pero su mente estaba invadida por la imagen de alguien más.

Después de que ella dio a luz, algo había cambiado y él ya no sentía la misma conexión física, lo que apagaba aún más el poco interés que le quedaba. Cada movimiento se sentía como cumplir con un trámite, frío y sin ganas.

Lo de ese día le había confirmado una sola cosa: su corazón y su cuerpo ya no le pertenecían a Yolanda. Ni siquiera experimentaba el deseo biológico más básico por ella.

Pero Yolanda estaba encantada. Su obsesión por él no hacía más que crecer. Al rodear con los brazos esa cintura firme y recordar la intensidad de su encuentro íntimo, un fuego ardiente volvió a encenderse en su interior.

—Gali, quédate a dormir conmigo esta noche, ¿sí?

Si quedarse embarazada de nuevo le garantizaba su lugar intocable como señora de la familia Godoy, estaba dispuesta a pasar por el infierno del parto mil veces más.

Galileo fingió ternura y le acarició el cabello.

—¿Qué pasa? ¿No tuviste suficiente? ¿Acaso tienes ganas otra vez?

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