Irene: —La ubicación del local es muy buena, así que el negocio va excelente.
Galileo: —Mjm. Si necesitas algo, dile a Silvio, él lo arreglará.
Irene: —De acuerdo.
En realidad, Irene nunca le había pedido ayuda para nada.
Ni siquiera cuando ocurrió lo de Alcira.
No era que no quisiera, sino que sabía que no debía hacerlo.
Él podía decir «dime si necesitas algo», pero dependía de qué tipo de ayuda fuera.
Si era algo sin importancia, estaba bien.
Pero si iba en contra de los intereses de Galileo, era mejor callar. Porque él no movería un dedo por ella.
¿Para qué rogar y buscarse una humillación gratuita?
Irene era muy pragmática.
Por eso prefirió arrodillarse aquel día para suplicar por Alcira antes que pedirle ayuda a él.
Saber su lugar y no ser una carga.
Esa era, tal vez, la condición principal que le permitía mantenerse al lado de Galileo.
Un destello de incomodidad cruzó los ojos del hombre.
—Voy a casarme con Yolanda.
Irene no mostró sorpresa.
—Mjm.
Galileo: —No habrá fiesta ni nada de eso, solo firmaremos el acta de matrimonio.
Irene: —Entiendo.
Galileo le tomó la mano.
—¿No me vas a despreciar por esto?
Irene mantuvo una suave sonrisa.
—Para obtener lo que uno quiere, hay que hacer sacrificios. Además, en este mundo todo es una competencia, el pez grande se come al chico. Si tú no lo tomas, otro lo hará. Es mejor que las cosas caigan en tus manos.
Galileo se sintió reconfortado.
—Tú siempre me entiendes. Es solo que...
Irene: —¿Qué pasa?
Galileo: —Es que no sé muy bien cómo lidiar con Yolanda ahora...

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