—Oye... ¿por qué tienes cosas de mujer aquí?
—La última vez que quisiste quedarte, tuviste que irte porque no tenías ropa limpia. Sentí que fui un pésimo anfitrión, así que decidí comprar algunas cosas por si acaso.
Esa excusa... sonaba un poco rebuscada.
—Ve a ducharte primero. Cuando termines, iré yo.
Nanette no lo pensó más y entró al baño.
Cuando salió, ya llevaba puesta la pijama nueva. Le quedaba a la medida y era sorprendentemente cómoda.
No pudo evitar preguntar:
—¿Tú elegiste esta pijama?
Noel estaba semi-recostado en la cama. Su mirada se posó en las mejillas sonrosadas de Nanette.
De por sí siempre había tenido un cutis hermoso, pero ahora que estaba embarazada, sus niveles hormonales hacían que su piel de porcelana luciera aún más radiante y perfecta, sin la más mínima imperfección.
Tras el vapor de la ducha, un leve rubor teñía sus mejillas, dándole un aspecto tan apetecible que provocaba morderlas.
Noel desvió la mirada, sintiéndose repentinamente nervioso.
—Sí.
Nanette sonrió.
—Pues tienes muy buen gusto para elegir ropa.
—Es la primera vez.
—¿La primera vez?
—Sí, la primera vez que le compro cosas a una mujer.
Nanette abrió el armario, dispuesta a sacar unas cobijas extra.
—Tú duerme en la cama —dijo Noel de inmediato.
—La última vez, cuando tenías la herida en la espalda y vine a cuidarte, terminé durmiendo yo en la cama y tú en el sofá. Si hoy te hago dormir en el sofá estando enfermo, mejor ni te cuido y me voy a mi casa.
La mirada de Noel se suavizó.
—Si tú duermes en el sofá, yo no podré pegar un ojo.
—Si no puedes dormir, me quedo platicando contigo hasta que te gane el sueño.
—Me duele la cabeza, no debo hablar mucho.
Nanette suspiró, sin saber qué hacer.
—¿Entonces qué sugieres?
—Duerme conmigo en la cama.
Nanette se quedó pasmada.
—Cada quien tendrá su propia cobija —añadió él—. Es prácticamente lo mismo que dormir separados. Además, con este dolor de cabeza, créeme que no podría intentar nada aunque quisiera. No te preocupes, no soy de los que piensan con la cabeza equivocada.
Nanette soltó una carcajada.
—Nunca pensé eso de ti.

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