La primera reacción de Nanette fue pensar que Irene hablaba de su hermanita.
—¿Le pasó algo a tu hermana?
—No es mi hermana. Es el bebé de la familia Godoy... Bueno, para ser exactos, el hijo que Yolanda Camoso tuvo con otro hombre.
Nanette se quedó helada.
—¿Qué pasa con el bebé?
La angustia en el rostro de Irene era genuina.
—Escuché a Galileo hablar por teléfono. Todo indica que va a deshacerse de él.
—¿Deshacerse de él?
¿Eliminarlo para no dejar cabos sueltos?
—Sí. Al final del día, ese niño lleva la sangre de los Camoso, y ahora que todos los negocios de esa familia le pertenecen a Galileo, dejarlo vivo es un riesgo enorme. Nunca me lo dijo directamente, pero por las indirectas y el tono de sus conversaciones, estoy segura de que el niño corre un peligro inminente. Intenté persuadir a Galileo, pero a mí no me escucha. Usted es la única persona que puede hacerlo cambiar de opinión.
Naturalmente, Nanette no tenía ninguna intención de involucrarse, y fue totalmente franca.
—En este momento, lo que menos deseo es tener contacto con Galileo Godoy.
—Lo entiendo —suspiró Irene, luciendo desesperada—. Créame que no habría acudido a usted si tuviera otra opción. Pero usted es la única persona en el mundo a la que él escucha. Señorita Larco, es solo un bebé inocente. No tiene la culpa de nada. Fue concebido bajo una red de mentiras y lo utilizaron como un objeto, su destino ya es bastante trágico como para que encima le arrebaten la vida. Además... tampoco quiero que Galileo se ensucie las manos con sangre. El karma existe, y si comete esa atrocidad, terminará pagándolo muy caro.
Nanette estaba sinceramente asombrada.
—Sabes perfectamente que Galileo sigue obsesionado conmigo, ¿y aún así vienes a pedirme ayuda?
Irene mantuvo su expresión tranquila.
—Ya le confesé una vez que Galileo jamás se casaría conmigo. Mi destino es vivir escondida en las sombras. Aunque no fuera usted, tarde o temprano habría otra mujer ocupando el lugar de su esposa. Si fuera usted, me alegraría por él. Sin embargo, sé que usted jamás volverá con él y que lo suyo es pura ilusión.
Nanette no pudo evitar sentir una gran admiración por aquella mujer.
Tenía los pies en la tierra, veía la realidad sin filtros y sabía cuál era su lugar en todo momento.
Comparada con aquellas que solo soñaban con cazar a un millonario para solucionar sus vidas, Irene era mil veces más digna.
Definitivamente, a las personas no se les puede juzgar solo por su apariencia o sus antecedentes.

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