—Entonces, ¿cuál es el sentido de casarnos?
—El sentido es que con esto yo me quito de encima a mi familia, y tú a la tuya. No tendré que soportar nunca más que me obliguen a ir a citas a ciegas ni que me presionen con el matrimonio. Nos casamos y todos felices.
Venancio pareció aceptar su destino con resignación.
—No tengo objeción, siempre y cuando estés cien por ciento segura de lo que haces.
—Ah, y hay una razón aún más importante.
—¿Cuál?
—¿No decías que ya no te querías casar conmigo? —Camila lo miró de forma desafiante—. Pues ahora te vas a casar conmigo porque yo lo digo.
Venancio se quedó sin palabras.
—...
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Nanette se quedó sentada en el auto durante un largo rato, sin saber exactamente a dónde ir.
Tras pensarlo unos minutos, decidió dirigirse al futuro colegio de la pequeña Tina, tal como había planeado.
Apenas encendió el motor, sonó su celular.
Tiempo atrás, había guardado el número de Irene Mera, y era precisamente su nombre el que ahora iluminaba la pantalla.
¿Para qué la llamaría?
Intrigada, Nanette deslizó el dedo y contestó.
—Señorita Larco, ¿tiene un momento para vernos?
Hacía un par de horas, Camila le había hecho exactamente la misma pregunta.
En ese entonces, Nanette había dudado.
Pero ahora, ante la solicitud de Irene, no lo dudó ni un segundo.
—Claro, dime dónde.
Las relaciones humanas son así de complejas.
A veces, juras que caminarás de la mano con alguien para toda la vida, y antes de llegar a la mitad del trayecto, todo se derrumba.
Otras veces, te topas con personas con las que creías que jamás podrías cruzar palabra, y poco a poco, terminan ganándose tu respeto.
Nanette e Irene no eran amigas en el sentido estricto, pero un lazo invisible de solidaridad las había unido.
La florería de Irene estaba muy cerca de Maravilla Encantada, así que Nanette condujo directamente hacia allá.
Al llegar, vio que Irene estaba atendiendo a dos clientes, ayudándoles a elegir unos arreglos.
Mientras cortaba los tallos de unas rosas, una espina le rasgó el dedo. Irene simplemente se llevó el dedo a la boca, chupó un poco de sangre, y sin soltar un solo quejido, continuó trabajando como si nada hubiera pasado.

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