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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 654

El hombre se abalanzó sobre Yolanda. Con una sola mano logró inmovilizarla contra el suelo, mientras con la otra, desesperado, comenzaba a bajarse el cierre de los pantalones.

Yolanda estaba aterrada, sus gritos y sollozos llenaban la habitación lúgubre.

—¡Por favor! ¡Te lo suplico, no me hagas esto!

—¡Silvio, te lo ruego, dile que me suelte!

Pero Silvio actuó como si estuviera sordo; su rostro no mostraba ni la más mínima compasión.

Los gritos desgarradores de Yolanda continuaron retumbando.

Justo cuando el hombre estaba a punto de usar la fuerza física contra ella, Yolanda colapsó por completo, aceptando su derrota.

—¡Firmaré! ¡Firmaré ahora mismo!

Silvio sacudió la ceniza de su cigarrillo. —Basta.

El hombre se detuvo al instante.

Silvio arrojó los documentos frente a la temblorosa mujer que yacía hecha un ovillo.

—Firma.

El terror de Yolanda era tan profundo que ni siquiera podía sostener el bolígrafo con firmeza.

Esta vez, Silvio no la apresuró. Le dio unos minutos para que recuperara algo de aliento.

Yolanda se mordió los labios hasta sangrar y, finalmente, garabateó su nombre en los papeles.

Silvio le agarró la mano y la obligó a estampar sus huellas dactilares sobre la firma.

Asunto arreglado.

Silvio tomó los documentos y se dispuso a salir.

Al ver que el hombre vulgar seguía allí mirándola lascivamente, Yolanda gritó, despavorida: —¡Dile que se vaya!

Silvio no quiso dedicarle ni una mirada más. Dándole la espalda, respondió con frialdad: —¿No te gustaba tanto acostarte con otros hombres? Este es un regalo del Presidente Godoy. Él se asegurará de que nunca te falte compañía indeseable en este lugar. Disfruta de tu nueva realidad.

—¡No! —Yolanda intentó correr hacia él como una fiera enloquecida—. ¡No! ¡Es imposible! ¡Seguro te estás vengando por tu cuenta! ¡Mi esposo jamás haría algo así!

La mirada de Silvio se volvió gélida. —¿Creíste que el asunto de la muerte del joven Godoy quedaría impune? No ibas a salirte con la tuya tan fácil. Las cuentas viejas y las nuevas, las iremos cobrando poco a poco.

—Además...

¡Plaf!

Silvio le propinó una sonora bofetada que le volteó la cara a Yolanda.

—Esa bofetada te la devuelvo.

Un grito agudo y furioso cortó el aire. Yolanda parecía una bestia acorralada, deseando poder despedazar a ese asqueroso sujeto con sus propias manos.

La puerta se cerró con un chasquido, sepultando todo lo que ocurría dentro.

En el pasillo, una mujer vestida de enfermera se acercó. Silvio dejó una tarjeta sobre su bandeja.

—El Presidente Godoy exige que cuiden muy bien de la Srta. Camoso. Por su propia seguridad, asegúrense de que jamás ponga un pie fuera de este lugar.

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