—Entonces te llevamos al concesionario.
—De verdad, no es necesario. —Nanette se levantó, tomó su bolso y se colgó el abrigo en el brazo—. Ya los hice gastar demasiado, no quiero ser una molestia.
Incluso se despidió de Noel de manera formal.
—Sr. Cortés, gracias por el almuerzo.
Dicho esto, no se quedó ni un segundo más y se marchó sin mirar atrás.
El auto de Noel salió del restaurante.
A un lado de la calle, esa silueta familiar y un tanto solitaria lastimó los ojos del hombre.
Le había dicho muchas veces que se abrigara bien al salir, pero ella nunca se acordaba.
Nanette miraba su celular constantemente. El auto que había pedido por la aplicación aún no llegaba; era un desastre.
Se ajustó el abrigo, abrazándose a sí misma para evitar que el viento helado se colara.
Jovita preguntó:
—Noel, parece que Nanette todavía no consigue auto. ¿No deberíamos llevarla a su casa primero?
Noel apartó la mirada, pisó ligeramente el acelerador y su voz sonó fría y distante.
—No es necesario, no lo necesita.
El auto se alejó, pero los ojos del hombre buscaban el espejo retrovisor una y otra vez. A medida que la figura de ella se volvía más borrosa, sintió como si su propio corazón se cubriera de cenizas.
Nanette fue primero al taller mecánico para revisar el estado de su auto.
El mecánico le explicó que no tenían los repuestos necesarios y debían pedirlos a la fábrica, por lo que tardarían alrededor de una semana en tener el vehículo listo.
Para alguien acostumbrada a manejar a diario, quedarse sin auto de repente era bastante incómodo.
Pero no había de otra, tendría que moverse en taxi o transporte de aplicación por un tiempo.
Al salir del taller, Nanette notó que el cielo se había oscurecido de repente y empezaba a lloviznar.
Parecía que la temperatura iba a bajar aún más.
Sin darse cuenta, el invierno ya se sentía en San Lirio.
El tiempo pasaba tan rápido...
—Srta. Larco.
Nanette volteó hacia la voz y soltó un suspiro en su interior.
No suspiraba por haberse encontrado con Irene Mera, sino por haberse cruzado con Galileo.
Nanette le hizo un breve asentimiento a Irene y estaba a punto de hablar, pero Galileo se le adelantó.
—¿Vienes a ver autos?
—No —respondió Nanette—, mi auto tuvo un problema y lo traje a reparar.
Galileo asintió.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó