Reconocido mundialmente como el principal complejo hotelero de salud y bienestar, el Castillo de Sanación se alzaba cobijado por la Cordillera de Alba. Allí se concentraban los mejores recursos médicos y equipos de investigación, tanto locales como internacionales, logrando una combinación impecable entre el alojamiento de lujo y la medicina de más alto nivel.
Dentro de la habitación para invitados VIP, Adrián Zamora se encontró por fin con la persona que tanto le preocupaba.
Solo que daba la sensación de que las cosas ya jamás volverían a ser como antes de llegar a Puerto Alba.
—Jovita.
La figura que miraba por la ventana se dio la vuelta y fijó la vista en Adrián durante un largo rato.
—¿Hermano?
Con un estallido de alegría, Jovita corrió hacia él.
Adrián abrió los brazos para recibirla.
Se fundieron en un abrazo, pero en el fondo sabían que ahora existía una grieta inmensa separándolos.
Después de unos breves instantes de euforia, Jovita se apartó del abrazo y dirigió la mirada detrás de él.
—¿Y Noel? ¿No vino contigo?
Adrián frunció ligeramente el ceño.
—¿De verdad no te acuerdas de nada?
Los ojos de Jovita irradiaban la más pura de las inocencias.
—¿Acordarme de qué?
—Mamá falleció, a papá lo condenaron a muerte, confiscaron todas nuestras propiedades... ahora la familia Zamora somos solo tú y yo —dijo Adrián con voz pesada—.
»Ya no eres la heredera millonaria.
»Y yo... ya no soy el heredero de la familia Zamora.
»Jovita, tenemos que volver a empezar.
Jovita se quedó de una pieza.
—¿Cómo es posible...?
Adrián se quedó mirando su reacción y, por un momento, le faltaron las palabras.
Esa cara de asombro estaba más que ensayada.
—Jovita... ¿podrías dejar de actuar?
Jovita se paralizó por completo. Esa apariencia frágil y desorientada empezó a cuartearse, tragándose todas las frases que ya tenía listas.

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