—Camila.
Tal vez fue por el pequeño rastro de cariño que aún quedaba de su pasado juntas que Nanette, tras pensarlo bien, decidió hablar.
—Esa noche, cuando Venancio estuvo contigo, también fue su primera vez. Así que no fuiste la única perjudicada, él también lo estuvo. Pero como el hombre que es, asumió su responsabilidad y guardó sus quejas. No importa cuánto te enojaste con él, él asumió la culpa, se disculpó incansablemente y se hizo cargo.
»La llegada de este bebé fue una sorpresa para ambos. Pero Venancio me confesó que le ilusiona mucho ver nacer a este niño. Incluso dijo que, quién sabe... quizás en el futuro nuestros hijos podrían ser amigos de la infancia.
»Cuando me dijo eso, vi en sus ojos pura esperanza. No había ni una pizca de rechazo hacia este bebé.
»Supe de inmediato que estaba feliz. Jamás lo había visto con esa expresión, como si estuviera viviendo un sueño y, a la vez, sin saber muy bien qué hacer...
Camila guardó un largo silencio que terminó convirtiéndose en una sonrisa amarga.
—Él te sigue contando todo.
Pero a ella no le decía nada...
Nanette soltó un pequeño bufido.
—Siempre te fijas en los detalles más absurdos.
Daba igual.
Era inútil seguir hablando.
Apoyándose la mano en la cintura, Nanette se levantó despacio.
—Te daré un último consejo: el arrepentimiento es una palabra que duele muchísimo cuando por fin logras entenderla.
Cuando Nanette estaba a punto de irse, la voz de Camila se elevó bruscamente:
—¡No me voy a arrepentir! ¡No lo amo! ¿Por qué tendría que dar a luz al hijo de un hombre al que no quiero? ¡Aún no he disfrutado de lo que es el verdadero amor, y no voy a dejar que un niño me encadene!
Al darse la vuelta, Nanette vio a alguien parado detrás de Camila y su corazón dio un salto.
—Venancio —exclamó por instinto.
Camila se giró de golpe. El susto la hizo retroceder un paso y por poco pierde el equilibrio.
Nanette cruzó una mirada con Venancio y se alejó.
Camila, de repente, soltó una carcajada fría.
—¿Fue ella la que te dijo que estaba aquí?

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