Después de ese día, no se volvió a saber nada de Yolanda Camoso. Fue como si se la hubiera tragado la tierra.
Nadie sabía adónde había ido ni si seguía viva.
Y a nadie le importaba.
Con la desaparición de la única heredera legítima, la familia Camoso quedó definitivamente fuera del mapa.
Hasta el día en que Camila Mancilla recibió el alta del hospital, Nanette Larco no volvió a visitarla.
Ya no era necesario.
La historia entre ellas había llegado a su fin.
Tres meses después.
Cuando Venancio Lenso llegó a la empresa buscando a Nanette, ella estaba en plena reunión.
Al ver su mensaje, acortó la junta.
Venancio la esperaba sentado en su oficina.
Seguía siendo el mismo, pero le faltaba aquella vitalidad y alegría de antes; se veía apagado, casi descolorido.
Al verlo así, a Nanette, a decir verdad, le invadió un profundo resentimiento hacia Camila.
Si ella no hubiera sido tan obsesiva, si no hubiera armado tantos escándalos, Venancio habría sido un esposo maravilloso y habrían sido inmensamente felices.
Venancio sacó un documento del bolsillo y lo dejó sobre el escritorio.
Nanette le echó un vistazo.
—¿Ya firmaron los papeles?
Él se recargó perezosamente en la silla.
—Sí, acabo de recogerlos, todavía están calientes.
Al pensar en su matrimonio, le resultaba jodidamente ridículo.
Boda, un embarazo, divorcio... Había vivido todo lo que se suponía que debía vivirse en la vida, pero al final, se quedó con las manos vacías.
Nanette guardó silencio por un largo rato.
—Es lo mejor.
Venancio soltó un largo suspiro.
—Sí. Es una liberación.
—¿Y cómo lo tomaron tus padres?
—Por ahora se los he ocultado. Le dejé la casa a ella y yo me mudé.
—¿Y en dónde estás viviendo?
—En un hotel por el momento, hasta que compre una casa nueva y me mude.
Nanette lo pensó un instante.
—¿No te ha gustado siempre mi departamento en Altavista Premier? Está vacío, quédatelo.
Venancio se quedó atónito.
—¿Lo dices en serio?

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