—Pero quiero ir con ustedes.
—Pues quédate con las ganas.
Nanette sintió un poco de lástima.
Para ser sincera, prefería mil veces la compañía de esta chica a las palabras fingidas de Jovita Zamora.
—Déjalo, Venancio. Llevémosla con nosotros. Está sola en San Lirio, no conoce a nadie más que a ti, me da pena.
Él se mostró reticente.
—Se lo buscó ella sola.
Nanette no insistió más.
Venancio empujó suavemente la espalda de Nanette.
—Vámonos.
Empezaron a caminar.
Apenas habían dado un par de pasos cuando escucharon un llanto escandaloso detrás de ellos.
Se dieron la vuelta y vieron a Zulema Zúñiga en cuclillas, llorando a mares en plena calle.
—¡Venancio, cómo puedes ser tan cruel! ¡Llevo aquí horas esperándote y ni siquiera eres capaz de invitarme a cenar! ¡Buaaa! ¡Venancio...!
Por suerte, su vestido era largo; si hubiera sido corto, habría sido un desastre.
Los transeúntes comenzaron a mirarlos con curiosidad.
El rostro de Venancio palideció de vergüenza.
Corrió hacia ella y la levantó de un tirón.
—¡Cállate de una maldita vez!
Zulema cerró la boca a la velocidad de la luz.
—¿Entonces me llevas con ustedes?
Venancio rechinaba los dientes de la rabia.
La chica no se inmutó en lo más mínimo.
—Si no me llevas, seguiré llorando. Y si me ignoras, lloraré hasta desmayarme, y entonces tendrán que llamar a una ambulancia para llevarme al hospital, y tú...
—¡Cierra la boca! —Venancio ya no podía soportarlo más—. ¡Ven con nosotros!
—Jeje. —Zulema se sacudió el polvo del vestido—. ¡Qué bien!
Corrió hasta alcanzar a Nanette y se pegó a su brazo otra vez.
—Nanette, ¿qué delicia vamos a cenar hoy?
—Sopa de mariscos —respondió Nanette.
—¿Ah? ¿Solo sopa? Qué aburrido.
—Es lo que se le antojó a tu querido Venancio, por eso vamos para allá.
—¡Ah, la sopa es buenísima! Cenar comida pesada no es bueno, la sopa es muy saludable. ¡A mí también me encanta!

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