Al final, Venancio no pudo evitar ablandarse.
Miró a Nanette y le preguntó:
—¿Qué se supone que haga con ella?
Nanette le sonrió y respondió:
—Si de verdad no te importara, no te habrías ablandado.
—También me ablandé cuando Camila se torció el tobillo —replicó él.
—Es diferente. Con Camila te ablandaste porque sentiste que fue tu culpa que se cayera. Más que sentir lástima, fue un sentimiento de culpa derivado de tu buen corazón.
Venancio señaló a Zulema, que ya se estaba poniendo los zapatos en la entrada.
—¿Y ella?
Nanette la miró, sintiendo una punzada de ternura por la chica.
—Venancio...
—¿Mmm?
—No permitas que el nombre de Camila se convierta en tu propio demonio. Me gusta verte como antes: rebelde, libre y sin ataduras.
—Olvídala y ábrele los brazos a las personas y a las cosas que de verdad te hacen feliz. Te soy sincera, si sigues dejándote atormentar por ella, hasta yo terminaré odiándola.
—Y de verdad no quiero odiar a nadie. Odiar a alguien consume demasiada energía.
Venancio se quedó sumido en sus pensamientos durante un largo rato.
—La llevaré a casa por ahora.
—De acuerdo —asintió Nanette.
Al salir, Zulema se giró y le dedicó una sonrisa a Nanette.
Fue una sonrisa similar a la de un gatito que acaba de robarse un pescado.
Un tanto astuta.
Nanette lo comprendió en ese instante.
Así que todo este tiempo, la chiquilla había estado usando la táctica de dar un paso atrás para poder dar dos hacia adelante.
Y Venancio siempre decía que era tonta.
Al parecer, no lo era tanto.
***
Hugo, como de costumbre, estaba esperando en la planta baja diez minutos antes de la hora.
Al abrir la puerta del coche, Nanette se quedó paralizada.
En el asiento trasero estaba sentado Noel.
Él bajó del auto con esa media sonrisa y esa mirada tan tierna que siempre tenía.
—¿Te sorprendí?
Nanette posó una mano en su cintura. De no ser por su enorme barriga de embarazada, lo habría abrazado con todas sus fuerzas.
—¿Qué haces aquí?

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