Silvio volvió a confirmar.
—Presidente Godoy, ¿de verdad vamos a retirar al abogado que representaba a la señorita Godoy?
Galileo Godoy lo miró con severidad.
Silvio bajó la cabeza de inmediato.
—Entendido, presidente Godoy.
Regresó a Cumbres de la Reina.
Cuando Ivón vio llegar a su hijo, corrió hacia él de inmediato con una expresión inusual en el rostro.
—Galileo, tenemos que mudarnos.
Galileo se sentía un poco cansado.
—¿Mudarnos? ¿Para qué? Todo está bien aquí.
Ivón miró a un lado y a otro, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.
—Estos dos últimos días, cada vez que cierro los ojos, recuerdo cómo se veía tu abuela antes de morir. Siento que su espíritu me persigue, preguntándome una y otra vez por qué no la salvé, yo...
—¡Cállate! —Galileo bajó la voz con brusquedad—. ¿Acaso quieres que los demás se enteren de que tú fuiste la culpable de que a la abuela le diera ese infarto?
Ivón se quedó helada.
—Es verdad que le dije cosas que la alteraron, pero mi intención era darle su medicina, fuiste tú quien...
Bajo la mirada afilada de Galileo, Ivón se asustó y guardó silencio.
—Galileo, ¿podemos cambiarnos de casa? Siento que este lugar tiene mala vibra.
Después de decirlo, Ivón añadió algo más.
—No sé si es porque esa mujer que trae mala suerte vivió aquí, pero siento que nunca nos han pasado cosas buenas en esta casa. Todo es culpa de las malas energías que nos dejó esa mujerzuela.
La mirada de Galileo se enfrió.
—Te lo diré por última vez: no quiero volver a escucharte hablar mal de ella.
Ivón murmuró un par de cosas por lo bajo y no tuvo más remedio que ceder.
A partir de ahora, su hijo era el verdadero jefe de la familia Godoy. Pero, ¿por qué no veía ni una pizca de felicidad en su rostro?
No importaba.
Lo verdaderamente importante era que, en esa casa, ya nadie le daría órdenes.
—¿Fuiste a ver a esa chica? —preguntó Ivón de repente.

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