Nanette sonrió levemente.
—Son hermosas, muchas gracias.
—Nanette, me he dado cuenta de que eres súper valiente —comentó Zulema.
—¿Ah, sí?
—Sí —dijo Zulema mientras colocaba las flores en la mesa—. Aunque Noel está desaparecido, te mantienes súper fuerte. Cuando el bebé estaba comiendo, estabas temblando de dolor, ¡y ni siquiera lloraste!
Venancio la fulminó con la mirada.
—Si no vas a decir algo con sentido, mejor cállate.
Nanette esbozó una sonrisa tranquila.
—No pasa nada, déjala hablar. Me gusta escucharla.
Fueran cosas bonitas o crudas verdades.
Al menos, era honesta.
Si Noel estuviera a su lado, seguro que se quejaría del dolor para que la mimara.
Pero como no estaba, no podía permitirse derramar lágrimas a la ligera.
Sabina se despertó y lo primero que hizo fue preguntar por ella.
—Hija, ¿cómo te sientes?
—Bastante bien, aunque me duele un poco el pecho.
La fuerza con la que el pequeño succionaba era impresionante; ya le había lastimado la piel.
Pensó que las contracciones serían lo más doloroso.
Nunca se imaginó que darle pecho también dolería tanto.
Pero viendo cómo estaban las cosas, temía que su leche no fuera suficiente para llenarlo.
Eso la entristecía un poco.
Sabina la consoló:
—No te preocupes, darle leche de fórmula está perfecto también. Así no tendrás que levantarte en la madrugada y podrás descansar bien.
Apenas terminó de hablar, dos personas más entraron por la puerta.
Nanette se sorprendió al ver entrar a Joaquín Cortés y a Ulises.
¡Apenas eran las siete de la mañana! ¿Por qué estaban allí tan temprano?
Sin embargo, Joaquín parecía estar de muy buen humor; su rostro lucía mucho más relajado.
Ulises cargaba un montón de bolsas en las manos.
Venancio se acercó a ayudarle.

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